Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

Amosando publicacións coa etiqueta el escondite. Amosar todas as publicacións
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30 de agosto de 2012

El señor de la casa (II)

[Viene de aquí]

1) Una de las primeras y más destacadas intrusiones que llevamos a cabo en el dominio de Zacarías fue la de establecer en pleno pastizal una tienda de campaña improvisada. Se componía ésta de dos palos con forma de Y clavados en vertical y un travesaño horizontal,  que tensaban sobre el suelo una lona plástica marrón, de las de cubrir equipajes, formando una cubierta a dos aguas sobre una manta de lana de cuadros escoceses. En principio, aquel artilugio estaba destinado a observatorio astronómico, pero lógicamente alguna necesidad agrícola seria, urgente, incontestable, impidió que se mantuviese en pie hasta la noche.

2) El afán constructivo tuvo más éxito en otra ocasión, cuando, a falta de poder edificar una casa habitable, decidimos hacer una en miniatura, en lo alto de una peña alejada, y bien prevenidos de que si no la poníamos en un lugar lo suficientemente desapercibido, desaparecería sin aviso ni rastro. Sus paredes se concretaron con unas cuantas piedras redondas y unos fragmentos de ladrillo unidos por cemento, y la cubierta la hicimos con un tablero viejo forrado de retama. A mí me pareció una obra exitosa cuando, unos diez años después, las paredes aún sobrevivían en lo alto de la peña ocultas por varias capas de hojas secas.

3) Pasada la robleda que abrigaba estas rocas, aparecía un prado pequeño, separado de la extensa superficie de la antigua viña, escorado y semioculto, que llevaba por nombre un diminutivo acorde con su intimidad. Hasta este rincón llegó Zacarías para retirar una portería de fútbol estupenda, no simplemente formada por dos estacas clavadas en el suelo, sino completada con una tercera que, a modo de travesaño, se apoyaba en los extremos de las otras dos para cerrar el arco. Casi puedo sentir la ira con que el hombre afrontaba que hubiese quienes se empeñaban en desfigurar con bobadas el orden que había dado a las tierras que trabajaba, como tratando de arrebatarle jurisdicción sobre ellas.

4) Lo de edificar una casa habitable para nuestros juegos era sin duda una vieja aspiración que una y otra vez se hacía patente en diferentes contextos. Lejos de conformarnos con la casita en miniatura del peñascal, el sueño de construir una en lo alto de un árbol estuvo siempre vigente, alentado en buena parte por una televisión que lo promocionaba como un elemento transitorio del american way of life, consumado después en el trinomio casa-coche-esposa. Con vistas a esto, pasé mucho tiempo buscando el árbol idóneo para albergar la estructura: tenía en mente sobre todo dos robles viejos cuyas gruesas ramas se abrían formando una amplia plataforma en lo alto del tronco, uno situado en un camino de acceso y el otro bastante más oculto en un bosque. Pero al final este plan no prosperó: me resultaba más fácil escalar un manzano del campo trasero, en cuyas ramas altas acostumbraba a inscribir con navaja el nombre de las chicas que me gustaban. Afición no menos inspirada por la televisión, que Zacarías sólo pudo interpretar como una descarada agresión a su patrimonio.


 5) Especialmente desconcertante debía de parecerle al patrón que pasásemos medio día tocando y acariciando a los perros, tratando descaradamente de forzar el significado que los animales tenían en aquel lugar. Más cuando al menos dos de los que conocí se prestaron en bastantes ocasiones a asumir el rol de mascotas, incluso cuando se los sometía a disciplinas del estilo tráeme el palito, salta la comba, siéntate, acuéstate y hasta llévame a lomos. Los demás no querían saber nada de estas chorradas, y consecuentemente uno llamado Chucho a mucha honra me sacudió un mordisco en la cabeza con todas las de la ley, más como advertencia que por lastimarme, ante lo cual sólo mi padre, sin duda algo responsable, pasó la vergüenza de reñir al animal. Por el contrario, Negro y Amarillo eran en general tolerantes con nuestra disciplina inspirada en Lassie o en Rin Tin Tin; hasta que el segundo, por perseguirlo durante horas tratando de ponerle un collar, decidió retirarme su confianza. Con los gatos la cosa era muy distinta, pues increíblemente para mí no sólo no se dejaban manosear sino que ni siquiera podía acercarse uno a menos de dos metros, algo a lo que yo reaccioné desarrollando un menosprecio concienzudo por la personalidad de estos animales, que injustamente aún arrastro. Uno fue llevado por la fuerza una tarde con objeto de servir como animal de compañía en un piso, y aún me pareció que el gato quedaba en mal lugar cuando la convivencia se demostró imposible.

6) Hasta tal punto éramos ignorantes del verdadero valor de las cosas en aquel lugar, que nos pusimos a jugar a la diana, con dardos de punta metálica, sobre la puerta de un alpendre, juzgándola destartalada y de escaso valor. Ante semejante tropelía el escándalo fue grande, pero yo aún discutí largamente que aquella puerta fuese inadecuada para aquel juego, pues me parecía absolutamente insignificante añadir unos cuantos agujeros más a los que ya habían hecho las polillas.

7) Muchas más incursiones colonialistas podrían agregarse a esta lista, todas diversiones burguesas que golpeaban la línea de flotación de aquel lugar y que, como se demostró al poco, ponían en evidencia sus fragilísimas posibilidades de sobrevivir. Quizá la última de ellas que conviene señalar, para no extenderme, es la que tiene que ver con su documentación en los últimos años de su existencia, en un mundo huérfano de fotos, planos, dibujos o textos, fuesen particulares u oficiales, que contribuyesen a fijar la imagen de aquel lugar en la memoria de sus generaciones. Se trata de los vídeos que grabó mi padre entre 1992 y 1994, de forma un tanto accidental y aleatoria, animado por la curiosidad de haber adquirido una videocámara, que naturalmente a aquellos habitantes, Zacarías a la cabeza, resultaba no sólo molesta e invasiva, sino también ridícula para los fines que marcaba el trabajo de la tierra.

Por último y en honor a la verdad, hay que hacer algunas matizaciones que cuestionan la solidez con que Zacarías se enfrentaba a las invasiones de su feudo. Y es que la pertinacia de mi padre con su artilugio era poca cosa en comparación con las fechorías de los antiguos niños de la aldea, ya fuese dar de fumar a los sapos, lanzar petardos a los perros, saquear el huerto o embarrancar un tractor. Rasgo característico de aquella resistencia errática era su dudoso gusto estético, absolutamente irreverente con lo antiguo, para nada comparable con que sus hermanas aprovechasen las zapatillas de deporte de los sobrinos para ir al huerto. Su obra más importante y representativa consistió en la reforma de la entrada al patio mediante dos calderines esféricos de una bomba de pozo, que anclados con cemento sobre el muro, flanqueaban la cancilla dándoselas de pináculos palaciegos. De esta incoherencia se deduce en parte el fondo de la cuestión: los males de Zacarías fácilmente podían reducirse a lo que él percibía como falta de reconocimiento, como inutilidad de sus esfuerzos al frente de un reino despreciado, desterrado del mapa y donde todos lo ninguneaban.

Imagen: ruinas de la casa de Hernán Cortés, en La Antigua (Veracruz, México) [por Toyorudolf]

30 de xuño de 2012

El señor de la casa (I)

En cierto modo, el tío Zacarías era el señor de la casa. No ostentaba para ello ningún título, pero en la práctica se había convertido en el patrón de la hacienda. Había alcanzado aquella posición tras una larga y no del todo consciente maniobra que lo había llevado, cerca del final de su vida, a reinar sobre una población ya escasa y compuesta casi siempre de mujeres solteras como él, sus hermanas, las cuales carecían de toda ambición de ocupar su puesto.

La vida de este hombre, sin embargo, estaba lejos de corresponder a sus deseos. No era que le disgustase ser el único de cinco hermanos varones que había apostado por trabajar la tierra; antes bien, se enorgullecía de una forma un tanto febril y martirial de ser el único de todos ellos que había consagrado su sudor a la casa de sus antepasados. El problema de aquel hombre partía del hecho de que su padre, el anterior patriarca, le había negado la herencia de la casa en favor de uno de sus hermanos urbanita y negociante. Y no sólo porque éste estaba mejor dotado para la gestión inmobiliaria, al margen de su nulo contacto con el terruño, sino sobre todo porque el solterón de Zacarías, aparte de parecer demasiado ansioso de la propiedad, no garantizaba la continuidad familiar.

El resultado fue demoledor: el que había sido considerado el más guapo y en cierto sentido prometedor de los hermanos se quedó anclado en el resentimiento y la pérdida, y el resto de su vida ya no le ofreció más que una rápida degradación moral y física en la que intervinieron a partes iguales el duro trabajo del campo y la incansable ingesta de vino peleón.

Unos doce años coincidió mi vida con la de aquel hombre, tiempo suficiente para formarme de él una imagen temible. No podía verlo entonces como un cascarrabias, porque esa palabra implica una cierta condescendencia o menosprecio hacia la persona en cuestión o sus problemas. Se trataba más bien de miedo, puro y simple, hacia un personaje autoritario, uniformemente malhumorado y sombrío, que encarnaba la naturaleza del lobo en aquel dominio y cuya larga y penosa muerte se apareció al final como un previsto colofón revestido de justicia divina.

Visto desde ahora, lo que aparentaba un lobo se revela como un perro trastornado por el sufrimiento: aquella fiereza y aquellas blasfemias que periódicamente se descolgaban resonando por los campos carecían de la gratuidad con que la maldad se presenta en los cuentos, y una vez convertidas en imágenes puras, en recuerdos que ya no infunden miedo, iluminan buena parte de sus conexiones lógicas: allí los visitantes éramos intrusos.

De las formas de intrusión éramos responsables principalmente mi hermano y yo, aunque la mayoría de las veces habría que imputar a mi padre su autoría intelectual, pues era quien solía inspirarnos los gestos y actividades con que inocentemente gastábamos el día. No es que Zacarías fuese una máquina, un adicto al trabajo, un incansable vigilante de los tiempos y de la perfección en los resultados; mucho peor, es que parecía infinitamente cansado, carente de toda pasión o eficiencia, un lánguido autómata mentalmente obcecado en las faenas agrícolas y oprimido por la obligación de mantener su feudo. Y al lado de este sacrificio, de esta feroz mortificación, nuestras actitudes tomaban forma de puro pitorreo. [sigue aquí]

16 de xaneiro de 2012

Residuos

En honor a la verdad, hay que matizar que no todo era aire y hierba fresca en el escondite, pues si había alguna materia que caracterizase su esencia misma, era todo aquello relacionado con los despojos y excrementos, es decir, con la mierda. Y es que, desde la misma cocina de la casa, plagada verano e invierno de las moscas de los establos, hasta los cierres boscosos de los campos, la mierda inundaba la vista y el olfato.

Todo ello para conformar, en estrecha alianza con el telón de árboles y con las tupidas selvas de ortigas, el frente defensivo de aquel reducto, el muro que presionaba contra la inexorable plaga del progreso y adelantamiento de los pueblos, al igual que el frío y el temporal protegen la belleza de las playas del más profundo norte contra la nefasta llegada de los turistas y los hoteles y, en general, contra la demoledora capacidad reproductiva del homo sapiens.

Yo siempre recuerdo la montaña de estiércol, allí frente a la puerta de entrada, como uno de los elementos distintivos de aquel patio, y dada la superficie que ocupaba no fueron pocas las veces que la transité como si fuese de arena. Salía todo aquel material de los establos, que ocupaban la mayor parte de la planta baja de la vivienda a la manera antigua, aportando calefacción a la planta alta durante el invierno e impregnando toda la casa de un olor característico, espeso, penetrante y hasta confortante en combinación con el de la madera, las castañas y el humo.

Lógicamente el ganado inundaba también de excrementos todos los campos alrededor, pero en esto se conjuntaba con los habitantes humanos que, bastante tiempo después de que las habitaciones con baño fuesen normales en los hoteles, todavía carecían de servicios dentro de la casa. El paisaje resultante incluía, por lo tanto, una serie de lugares personales, absolutamente íntimos e intransferibles, a los que últimamente se accedía con hojas de periódico y que tenían en común su situación en un lugar recóndito, sin tránsito y a la sombra.

Fue a finales de la década de 1970 cuando por fin se hizo el llamado saneamiento, habilitando un cuarto con los típicos aparatos sanitarios al fondo de la planta alta de la casa. Curiosamente, este nuevo servicio no resultó lo suficientemente atractivo para algunos de sus destinatarios, que siguieron aferrados a sus costumbres y a sus íntimos lugares, alguno de los cuales descubrí más de una vez con desagradable sorpresa, por culpa de mi inclinación -ya perdida- a investigar debajo del maíz o a través de los túneles entre las retamas. Con todo, tampoco fue aquel saneamiento lo que correspondería a un sistema lógico de gestión de residuos, puesto que se limitaba a recoger todos los desperdicios en un tubo grande y negro que salía de la casa por su parte oeste y se iba circulando por encima de la hierba, a través del campo de los manzanos, para finalmente vomitar todo su pestífero contenido a un tremedal bajo, lentamente infiltrado por las aguas de un regato.

Lo peor sin duda se lo llevaban las aguas de este regato, que pasado el prado se descolgaba con forma de cascada por un barranco lleno de maleza y se perdía de vista. En cierto modo, la mierda siempre se reaprovechaba o se reabsorbía dentro del sistema, como cualquier otro producto de aquel lugar. El problema llegó cuando los residuos empezaron a ser industriales, especialmente envases ligeros de plástico y lata. A falta de un sistema de recogida de basuras, el destino de los desperdicios siguió siendo esencialmente el mismo: el barranco de Aguas. Así que allí iban a parar las botellas de fanta, las cajas de galletas, los tambores de leche en polvo y hasta los de detergente. Recuerdo bien las veces en que fui o acompañé a tirar la basura, no por una acera hasta un contenedor amarillo, sino por aquel prado abajo en dirección al barranco, sin que nadie se preguntase siquiera si había algo equivocado en aquella acción, con la alegre y temeraria convicción de que aquel barro era capaz de digerirlo todo. Alcanzado el tupido barranco, se trataba de hacer un molinete con el brazo para arrojar la basura lo más lejos posible dentro de él, y en su caída la bolsa se descomponía desperdigando todo su contenido.


Imagen: en el centro, balsa de lodos tóxicos de la planta de Alcoa en San Cibrao, que supone el 30% del PIB de la provincia de Lugo. Foto de SIGPAC.

31 de decembro de 2011

Fantasmagoría

Amarillo cae sobre Aguas
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15 de decembro de 2011

Los últimos habitantes del escondite

Los últimos habitantes del escondite nunca fueron muy amigos míos, pero debo reconocerles su mérito en las horas finales de aquel lugar. Su fama se la ganaron al ser heroicamente los últimos en abandonar el barco, demostrándose los únicos preparados para ello. Y cuando ya no quedaba nadie, ellos aún se mantuvieron años allí, encarnando la esperanza de la rama verde en el árbol seco.

Aquel era todo un equipo, variable en número, de más de veinte gatos de todos los colores y tamaños, todos ásperos, rudos y esquivos, que pululaban por la casa sobre todo a la hora de las comidas. Entre ellos había figuras bien conocidas, miembros distinguidos por su color o porte, para los que existía un nombre e incluso una pequeña historia; otros en cambio eran del todo anónimos, bien porque pertenecían a esa familia de gatos grises sin otra singularidad, bien porque sólo se sumaban de pascuas en ramos. Con todo, ausencias y rotaciones eran de sobra compensadas por las nuevas camadas que periódicamente inundaban el pasillo y los establos.

Yo les guardaba a todos estos gatos abierto rencor, porque no se dejaban coger ni acariciar, porque no se comportaban como amorosas mascotas de salón, y apenas uno se acercaba a dos metros salían escopetados por cualquier rendija. Todo juego que con ellos podía establecerse era el de raspar el suelo delante de ellos con una ramita de retama, que los hipnotizaba como el paso de una culebra; y todo contacto venía después, cuando se abalanzaban sobre la ramita o sobre las manos que la movían con sus garras afiladas. Cuánto me arrepiento hoy de querer que fuesen de otra forma.

Una vez, con la ocasión de una de aquellas nuevas camadas, alguien tuvo la ocurrencia de que podía entregar uno de los diminutos y llorones gatitos como regalo a una chica de la ciudad. Y la emplazó tranquilamente a venir a recogerlo, como si esperase empaquetado y con un lazo. Toda la tarde estuvieron todas las gentes de la casa movilizadas para atrapar uno y, ya a punto de desistir, un último intento sirvió para arrinconar a uno de aquellos animalitos, que se marchó en una caja de cartón con una cara de terror inolvidable.

Los gatos se marcharon más tarde que todos los demás animales: más tarde que las vacas, por supuesto; y más tarde también que el gallo; incluso más tarde que Gris, que fue el primero que tomó las de Villadiego cuando ya no quedaba persona alguna en el lugar, mudándose a una aldea de la parroquia. En las visitas semanales que aún pudimos hacer durante un tiempo, los gatos siguieron fieles a su estilo: surgían inmediatamente de la maleza para colarse por entre las rendijas de los muros, como si viviesen misteriosamente agazapados en los desolados campos, y se arremolinaban en torno a la comida que les llevábamos, reanimando el aire estancado de la casa con sus colas tiesas y sus delicados maullidos.

30 de setembro de 2011

El despertar del fantasma

Muchas noches, cuando veo la calle desde la ventana o cuando paseo por la concurrida avenida, regreso en sueños a aquel lugar y me imagino cómo se encontrará en ese preciso instante: con toda seguridad solo y en penumbra, sumido en el más absoluto silencio. Y se me antoja un lugar de paz y de perfección, inaccesible y oculto al mundo, de una hierba suave y fragante en la que recostarse sin temores durante largos años.

No hace mucho me encontraba yo, por una serie de circunstancias que no vienen al caso, no muy lejos de aquel lugar cuando cayó la noche. Decidí entonces que era mi oportunidad de hacer del sueño realidad o, más bien, por decirlo así, de comprobar hasta qué punto la estampa en la que yo creía tomaba realmente forma cada noche en aquel lugar misterioso.

Así que me adentré por los viejos caminos que tan bien conocía y desemboqué después de un tiempo detrás de los árboles, en ese amplio territorio sin luces dominado por la casa abandonada. No obstante ahora, al mirar desde los deprimidos prados del norte, los que de día más ensalzaban las vistas, ascendía por las nubes del cielo el machacante relámpago de los aerogeneradores, nuevos dueños de la montaña, desgarrando el delicadísimo resplandor de la luna y el silencio mismo que yo había imaginado.

No por ello me resultó menos sobrecogedora la imagen de aquel gigante abandonado cuando alcancé el viejo campo de los manzanos, al fondo del cual se alzaban los tupidos m
uros de piedra amoratados y las pequeñas ventanas disueltas en la tiniebla. Todo ello se aparecía bajo aquella luz extraña como el antiguo caparazón de un molusco prehistórico, como el retuerto cuerpo de una momia, hueco, fosilizado, progresivamente engullido por la vegetación y por un ejército chirriante de insectos que acudían a infiltrarse en sus destartaladas entrañas.

Ya con mucha dificultad avancé por entre las zarzas y las ortigas, parte anestesiado por la monumental presencia y parte convencido de la benignidad que en último término representaban unos picotazos que no hacían sino iluminar, a golpe de descarga eléctrica, un remolino de recuerdos felices.

Entonces, justo cuando desemboqué en el patio delantero y pude contemplar en toda su
amplitud la sombría fachada, se desató el horripilante sonido de la campana, el atronador e inconfundible bramido del viejo reloj de pedestal, palpitante como por prodigio en el abismo de aquella tumba. Sentí entonces el más simple y puro terror de toda mi vida, un terror vertiginoso que me paró el corazón durante doce campanadas reverberantes y espantosamente familiares.

Imagen: la mansión Derceto, escenario del videojuego Alone in the Dark (Infogrames, 1992)
Ilustración relacionada: Fantasmagoría

31 de agosto de 2011

La fortaleza y el escondite: las caras de la moneda

Metáforas ambas de una misma voluntad de retiro y evitación social, las ideas de un íntimo escondite primero y de una hermética fortaleza un poco más tarde se filtran sin disimulo en las entradas de este blog. La mayoría de las veces, las dos aparecen mezcladas por su parecido simbolismo, confundidas a raíz de su linaje misántropo, huraño y receloso de las gentes. Pero hay entre ellas diferencias fundamentales que las convierten en las dos caras opuestas de la misma moneda.

En realidad, el progresivo esfuerzo por construir desde este blog una fortaleza es una equivocación, una degradación del ideal, una pérdida. La fortaleza no es un lugar placentero ni deseable; no es un locus amoenus como el escondite. La fortaleza es un lugar que se pone de espaldas, que se construye con relación a, pero no independientemente de. Se trata de un acto de resistencia, de hacer un enorme esfuerzo por contener, a base de fuerza bruta, una serie de empujes provenientes de los alrededores, configurando
pues un islote asediado, una Constantinopla que está condenada a sucumbir ante un ejército cada vez más grande y convencido.

Cuanto más grande, espectacular y brillante es una muralla, cuanto con más orgullo se torrea y abandera, más crece su exposición a los ojos del enemigo y más se inflama el mito por los tesoros que contiene. En último término, la fortaleza acaba por alzarse en el medio y medio del país del que quiere protegerse, como infame pero codiciado protagonista, y su final ya es sólo cuestión de tiempo.
Por eso una fortaleza está muy lejos de ser un verdadero escondite.

Un verdadero escondite no está en el meollo del sistema ni sus muros ejercen tareas de contención de los empujes exteriores; al contrario, se encuentra en un lugar incierto, periférico, marginal, y sus muros se confunden con los árboles y con espesas masas de matorrales. El escondite es un lugar que no se define por oposición, pues sólo puede existir en un lugar ajeno a todo interés de la sociedad -sea por feo, por pobre o por desconocido- y no necesita esforzarse para prevalecer, tan sólo confiar en el poder de la más positiva ignorancia -de la propia y de la ajena- que protege contra catástrofes como la llegada de descubridores, exploradores, conquistadores y turistas.

En ningún caso puede el escondite ser un objeto de disputa para los humanos del momento, como lo es la otrora evitada orilla del mar, o los principales
destinos de vacaciones, o los más céntricos solares de las más importantes ciudades, o los percebes. Desde luego, el escondite representa todo lo contrario a lugares públicos de confluencia masiva, como una autopista, un museo de talla internacional o las más afamadas plazas del mundo, entre otros lugares donde queda terminantemente prohibido sentarse a comer un bocadillo, lógicamente para evitar el colapso que provocaría que todo el mundo lo hiciese, pues estos espacios están concebidos para la circulación ininterrumpida de grandes cantidades de personas. Pero tampoco debe confundirse el escondite con los reductos privados de ocupación restringida, cuando dicha ocupación se encuentra en litigio - véanse los más lujosos chalés en los lugares más privilegiados o la casa-fortín de Bin Laden en Abbottabad.

El escondite son los días que, tras un calor sofocante, amenaza tormenta, y entonces uno descubre con emoción que no hay nadie por los caminos de las afueras, porque todo el mundo se ha ido a la playa. Un escondite nunca puede ser la ciudad del valle, con sus graneros celosamente protegidos por las murallas, porque está siempre allí, inmóvil y a la vista de los hambrientos y desesperados nómadas, y sus muros son como los que hacen los niños en la arena para intentar detener la subida de la marea. Todo lo contario, el escondite es un rincón de la abisal caverna donde hace escala el cazador-recolector y donde se queda hipnotizado por el vaivén de los espíritus que proyecta el fuego sobre las paredes.


Imágenes: 1) Diógenes el Cínico viviendo en su tinaja, según J. W. Waterhouse (1882): ejemplo de acastillamiento dentro de la sociedad. 2) El autobús abandonado en que vivió Alexander Supertramp en Alaska, según la película Into the Wild (Sean Penn, 2007): ejemplo radical de escondite.

30 de abril de 2011

La aspillera

Me ha parecido tener siempre un buen sentido de la orientación y una relativa facilidad para la comprensión del espacio y su representación, como por ejemplo para leer planos o para realizarlos espontáneamente y con razonable fidelidad. De pequeño quería ser arquitecto, y acostumbraba a usar los pósters para dibujar por su parte de atrás el plano de inmensas ciudades imaginarias. Aunque no llegué a tanto, hoy me dedico mal que bien a estudiar lo que producen los arquitectos, y en esto, por muy fantasioso que sea uno, se exige un planteamiento diáfano y objetivo.

Pero, desde que la conocí, aquella casa encerraba para mí misterios estructurales, rarezas, incongruencias que aún hoy mantengo sin despejar. Todo nacía de que aquélla no era la obra de un arquitecto, sino un amasijo orgánico e intuitivo de aditamentos de épocas distintas, revelados con toda franqueza al exterior en tres tramos desiguales de pared. Por lo tanto, siempre se me resistía a aplicarle la lógica de los edificios de viviendas que conocía en la ciudad, particularmente en lo que se refiere a la modulación y compartimentación del espacio.


En el muro oriental de la casa, en el segmento de pared con mejores sillares y a la altura de la planta alta, había un ventanuco estrecho y alargado, inaccesible desde fuera, pero también desde dentro. Mi padre, en su línea de explicaciones peliculeras, nos dijo que era una ventana desde la que, en otros tiempos, los habitantes de la casa disparaban flechas a los enemigos. Sin embargo, es evidente que aquel hueco nunca tuvo un carácter defensivo, por más que se pareciese a una típica saetera de las fortalezas, y por más que fuese –como fue sin ninguna duda– modelo para mis dibujos de castillos medievales, siempre tan atentos al efecto de abocinado. No era defensiva porque estaba en una casa de labranza, y además no era ni mucho menos la única de la comarca.


Pero esta función ya se me aclaró pronto cuando escuché a uno de los habitantes de la casa referirse a aquel lugar como “la despensa vieja”. Era fácil de comprender que aquella ventana había servido de respiradero para una despensa alta, en la planta de vivienda, antes de
perder la función por el traslado de la despensa a la planta baja. Lo que no comprendía era por qué aquella habitación había quedado tapiada e inutilizada detrás de una fila de armarios, y por qué ningún adulto quería hablar sobre ella y mucho menos mostrarla. Seguro que tenía una explicación simple y prosaica, pero no se molestaron en dármela, seguramente porque ellos no le daban importancia o no comprendían mi curiosidad, y contentármela les suponía un esfuerzo improductivo.

Así que aquella estancia permaneció allí sellada durante muchos años mientras se desarrollaba la vida en el resto de la casa, al modo de las inaccesibles cámaras supraabsidales de algunas iglesias prerrománicas, quizá morada de ermitaños. Yo quería ver una puerta, un vestigio de alguna entrada, pero a mí me los referían de maneras vagas y abstrusas, o me los señalaban en zonas imposibles, como en el desván, o por encima de la cocina, o incluso a través de un armario. Por mi parte, busqué sin éxito alrededor del supuesto perímetro de la habitación, hasta el punto de que llegó a parecerme que estaba tan achicada entre el medianil y la habitación contigua que no había espacio para ella, ¡que realmente no existía!

Al final, tuve que conformarme con contemplar muchas veces desde fuera aquella aspillera y con buscar en la oscuridad de su hueco el camino de entrada. Hasta que un día me pareció que unos ojos cenicientos, felinos y chispeantes emergían de la negrura. Aquella extraña alucinación infantil me hizo salir corriendo, y nunca volvió a repetirse, pero fue suficiente para hacerme comprender que quienes allí moraban no querían intrusos; querían llevarse los secretos a la tumba.


Foto: la aspillera, tal como se veía en 2009.

15 de marzo de 2011

El circo volante

Decía uno de los habitantes de la casa que aquella antigua viña, cubierta entonces casi toda de verde pasto, bordeada por un ceniciento rincón de raquíticas cepas y cercada al fondo por el bosque, era un lugar idóneo para el aterrizaje de una escuadrilla. Solía decir esto en las tardes de domingo, mientras el sol se ponía por entre los árboles, contemplando desde lo alto del campo, con pose de terrateniente, las infinitas posibilidades de tanto espacio.

Parecía subir allí arriba por el mismo impulso que Amarillo, con el ansia de respirar el aire todo; y allí firme, los brazos caídos, la mirada perdida en el abismo, era capaz de ver un campo de aviación.


Para darle forma a su visión, después de cada experiencia construía una especie de molinillo de viento para el huerto. A estas tarabelas, destinadas en principio a espantar a los pájaros con su ruido de matraca y sus aspas de tabla, pronto las fue diseminando por la era para que presidiesen en formación el extenso prado. Y así podía descubrir cada domingo, en aquel coro vacilante y monótono, las silbantes hélices de un circo volante.


Foto: biplano cuatrimotor de Imperial Airways (1931) [fuente]

31 de decembro de 2010

Agua (y II)

Amarillo cae sobre Aguas

19 de decembro de 2010

Agua (I)

Como hechizada con fatídicas propiedades magnéticas, la aldea de Aguas atraía sigilosamente hacia el abismo del valle cualquier cosa que habitase la ladera:

El regato: venía de algún punto de la montaña, pasaba por detrás de la casa alimentándose de agrestes manantiales, se lanzaba por un terraplén y luego se marchaba encajando entre dos muros limitadores en otro tiempo de un camino, hasta al fin desparramarse en un prado verde y esponjoso.

El humo: de la cocina salía de la casa haciendo piruetas, se colaba trabajosamente por entre la lluvia y se iba reptando ladera abajo zarandeado por el viento.

Los árboles: velaban el horizonte en cualquier dirección, extendidas sus ramas desnudas y retorcidas hacia el agujero del valle por donde desaguaba su savia toda, y hasta de la ansiedad se desplomaban algunos con sus raíces fuera de la tierra.

La música: era el fragor de una ciénaga, donde los ecos lejanos quedaban empantanados entre la niebla y el barro, pero aún llegaban ensordecidos y abombados los ladridos de algún perro y el repicar de la campana de la abisal aldea.

Las salamandras: y demás monstruos anfibios marchaban en procesión por la pendiente, confundidos entre la hierba de los barrizales, convocados todos en las profundidades del valle.

Yo: había salido naturalmente, como todos los demás, a llenarme de agua las katiuskas por los campos que había tras la casa, aquéllos por los que prefería la soledad que la compañía, la naturaleza inhóspita que la entretenida urbe, el frío que la manga corta.

Amarillo: salió de repente de la maleza con los ojos encedidos, pero no venía a buscarme, sino que marchaba desbocado donde las salamandras. Hizo un leve ademán de detenerse al reconocerme, cuando el terrible sonido de la campana lo arrojó otra vez por el precipicio.

23 de xuño de 2010

Fuego

El fuego de la cocina: siempre estaba encendido. En invierno, los habitantes de la casa se quedaban dormidos a su alrededor con la cabeza apoyada entre los brazos. A mí me gustaba sentarme delante del cálido soplo para jugar a ver cómo ardía una ramita. No tardaba en reñirme alguien por tener abierta la portilla de la leña, pero yo siempre volvía a abrirla para quedarme absorto frente a la hipnótica llama.

El fuego del pasillo: aparecía cuando llegaba el frío, justo al salir de la cocina, plantado sobre el negro pavimento de la estancia que comunicaba con el zaguán, los establos, la bodega y la despensa. Su densa humareda lo inundaba todo, impregnaba los alimentos arriba suspendidos y luego se filtraba lentamente por las rendijas del tejado. En aquel suelo se mezclaban montones de paja, escobas de retama y arcones de madera; en las paredes, una colección de herraduras coronaba las ventanas de los pesebres. Aquel fuego ardía como si nadie le prestase atención, pero nunca provocaba un incendio.


El fuego del horno: no se dedicaba precisamente a cocer pan, pues ardía en el centro de la única habitación de la casita, rodeado igualmente por un montón de trastos ahumados. Aquél era el fuego de uno de los habitantes de la casa, que prefería tener el suyo propio, pues el de la cocina le resultaba demasiado transitado. Con la puerta abierta para aliviar el humo, allí se recluía normalmente con uno de sus mejores amigos, de carácter similar al suyo: el perro Gris, que prácticamente había nacido de aquellas cenizas.


El fuego de un lugar de la viña: no fue un fuego ordinario, como eran los demás, pues solamente se encendió una vez, en primavera, por el capricho de experimentar si, como decía mi padre, servían las señales de humo para comunicarnos. Para aquella hoguera usamos una piña, ramitas muy pequeñas y una hoja de periódico, y la situamos detrás del caseto de la antigua viña, en una zona de hierba muy verde que favoreció que brotase el humo. Terminada la experiencia, apagamos religiosamente los restos con una meada.


El fuego del huerto: fue una gran hoguera encendida a principios de verano, unos días después de la muerte de uno de los habitantes de la casa. En ella se emplearon como combustible las prendas, las toallas, las sábanas y hasta el colchón de lana del difunto. Se instaló en una zona abandonada de huerto, en la hondonada del lado oriental de la casa, desde donde el edificio adquiría una apariencia enorme, monumental, que acentuaba la vejez y aspereza de los muros de piedra y el hermetismo de su rostro de pequeñas y escasas ventanas. Los habitantes de la casa bajaron como hormigas por la pendiente portando los materiales de la pira, que se desarrolló en silencio y que arrojó una de las humaredas más negras que recuerdo.

Imagen: hoguera, Suecia (fotografía de David Castor)

9 de maio de 2010

Nocturno (II)

El patio: está oscuro. No alumbra aquí fuera ni una sola luz, ni una bombilla, ni una farola. El ayuntamiento ha prometido poner un foco en lo alto del poste de la entrada, un foco que se encienda cada tarde a la hora programada y que no se apague hasta la mañana siguiente. Pero, hasta que no lo haga, las noches son oscuras y huecas, sólo balizadas por moradas paredes y por ecos informes.

El horizonte: está conformado por una muralla de esqueléticas ramas, retorcidas por el frío, que ocultan cualquier farola, cualquier bombilla, cualquier faro que alguien haya encendido del otro lado de la dehesa. Así que en la distancia tampoco hay luces fijas ni móviles que balicen la tierra, ni que se entrometan por el rabillo del ojo reclamando atención, ni que perviertan la frágil belleza de las sombras proyectadas por las estrellas.

Un murciélago: se recorta contra el resplandor del cielo abismal. Es un espectro vibrante que vuela frenético en torno al patio. El batir de sus alas produce un eco siniestro que se propaga por las concavidades de la noche invernal.

El sapo: tiene su casa debajo del hórreo. Normalmente se lo ve por allí, arrastrando muy lentamente su morado cuerpo, grande y viejo. Ahora se encuentra absolutamente quieto y en silencio, dándose un reconfortante baño de estrellas. No debo molestarlo, pues, como dice mi padre, tiene la costumbre de levantar una pata y orinar directamente a los ojos.

El camino: que sale del patio se adentra en una oscuridad absolutamente tupida. Puedo quedarme mirando absorto el abismo todo el tiempo que quiera, con la plena y reconfortante certeza de que nadie va a aparecer por allí.

Imagen: Mark Rothko, Sin título (1969)

11 de marzo de 2010

Tierra

Mi padre solía decir, en otra de sus frecuentes invenciones, que en alguna parte de la antigua viña estaba enterrado un tesoro. Hasta tal punto se había convencido, que planeaba comprarse uno de aquellos artilugios para detectar metales que anunciaban en la teletienda. Y casi pareció decidirse un verano, cuando un amigo suyo, aficionado también a los artilugios, sacó de la playa una impresionante colección de tornillos.

El principio por el que estos objetos salían a la luz no era tanto la curiosidad del arqueólogo como la del jugador, donde muchas veces el dinero ganado es mera coartada para una experiencia mucho más intensa: ver la misteriosa sonrisa de la suerte. Por este principio, a mi padre se le aparecían con extraña frecuencia sobre la acera monedas, billetes y tornillos, siempre recogidos con gran emoción.


El mito de la existencia de un tesoro en la antigua viña emanaba del dominio físico y simbólico que ejercía sobre ella la ruina de una torre medieval. Por entonces, lo que quedaba de sus muros apenas alcanzaba los dos metros de altura, y prácticamente se confundía con las tortuosas cercas de mampostería que limitaban las fincas de la comarca. Conocida como frecuente morada de víboras, esta ruina encerraba una explanada destinada a era, aparentemente asentada en el antiguo pavimento, y estaba enfatizada por un nogal grande y viejo que había conquistado con los años la altura que habría tenido el edificio.


Alrededor de la ruina, la tierra parecía repleta de huesos y objetos antiguos que, con una parsimonia de siglos, iban aflorando con el paso del arado. Al igual que en las aceras de la ciudad, mi padre había encontrado en aquellos campos muchas monedas antiguas, a las que llegaba, como una urraca, guiado por un brillo o centella mínima. Su hallazgo más sonado fue lo que él bautizó como la "punta de lanza", o quizá "de flecha", una pieza puntiaguda absolutamente oxidada, que le dio pie para inventarse una batalla por la torre, con ballesteros encaramados entre las almenas, saetas silbantes y caballeros acorazados.


Imagen: Jean-François Millet, Las espigadoras (1857)

22 de febreiro de 2010

Aire

Cuando se avecina tormenta, me pongo eufórico. Las correas del alma se me aflojan, el corazón se me sale del pecho y quiero echar a correr por los tejados. La tormenta no me da miedo, ni me aprieta la garganta, ni me oprime el pecho; al contrario, me descomprime las arterias y me aclara la vista. Cuando empieza a redoblar allá a lo lejos, el mundo adquiere una maravillosa nitidez, y el aire se torna aromático y refrescante.

Ya cae la tarde. Después de un día de calor y de picores, se anima una leve brisa y el aire cambia de perfume. Media tarde he tirado en vano de una cometa a través de la hierba alta, y al final me he encerrado vencido en la sombra de la casa. Pero ahora que entra el aire redoblando por la ventana, siento que tengo una nueva oportunidad. Monto la cometa y salgo corriendo monte abajo, y con la velocidad el juguete se tensa y se levanta, y luego va alejándose de mí en las alturas, sacudiendo sus cintas.


El viento se vuelve intenso y maravilloso; el cielo se llena de mil colores, y una marea de nubes lo va estrechando como un río en lo profundo de un cañón rocoso. Ahora quiero ir más arriba, y rápidamente remonto la colina hasta la antigua viña, donde ahora hay un prado muy grande y verde. Y allí, en aquella cima, la cometa sube más alta que nunca, enterrándose en el abismo gris del cielo, y noto cómo tira de mí hacia arriba. Ya los rayos repican en la cresta de la montaña y los truenos se desploman ladera abajo con estrepitoso galope.

Y entonces, el hilo que sujeta la cometa se rompe y ésta se marcha hacia arriba haciendo tirabuzones y perdiéndose en alguna parte del cielo.


Imagen: William Turner, Sombra y oscuridad - la tarde del Diluvio (1843)

4 de xaneiro de 2010

Gris

Gris era sobre todo un perro miedoso, un animal profundamente desconfiado y huidizo, que desde el día en que llegó, traído como todos en el maletero de un coche, rehuyó las caricias y el contacto con las personas. Nadie se lo tuvo en cuenta en aquella casa, pues al fin y al cabo todo lo que de un perro se pedía era que alertase de cualquiera que llegase al lugar.

La primera vez que vi a Gris, estaba metido en la casita del horno, agazapado con sus ojos negros entre cenizas viejas. Apenas me acerqué se revolvió aterrorizado, aullando, y se fue culebreando con su pequeño cuerpo por alguno de los agujeros de la pared. Recuerdo que fue decepcionante no encontrarme con un perro mimoso, con un juguete, como suponía que debían ser los perros, y más siendo cachorros.


Así que yo odié a aquel perro. No lo quería, porque no era un perro. Era un bicho huraño, estúpido, llorica. Mi padre sospechaba que era consecuencia del maltrato que debió de haber recibido en sus primeros días de vida, en las manos de tres hermanos expertos en dar de fumar a los sapos. Probablemente unos buenos petardazos lo habían dejado medio sordo, y explicarían el exagerado terror que le provocaba la pólvora de la feria. En todo caso, yo odiaba a aquel perro. Lo odiaba en parte por su terca memoria; por ser incapaz de digerir cualquier cosa que le hubiese sucedido, pese al paso de los días, de los meses, de los años.


Gris vivió en los últimos días de
Amarillo, y durante ese tiempo fue su sombra sigilosa, siempre temerosa, siempre varios metros por detrás. Cuando Amarillo escuchaba ladrar, allá en la aldea de Aguas, y subía a responder a lo alto de la viña, Gris lo observaba perplejo, celoso de su euforia y de su entusiasmo. Y cuando Amarillo se lanzaba corriendo al cenagoso abismo, Gris se daba la vuelta desalentado y desaparecía bajo algún matorral al que no llegaba el griterío de la guerra.

Gris murió mucho más tarde que Amarillo, en otro lugar, cuando ya no quedaba nadie. Murió de viejo, ciego, decrépito, lentamente consumido por el tiempo, mezclado con las cenizas viejas.


Imagen: Castelao, Perro acostado (1916-36)

21 de setembro de 2009

El otoño (fantasía histórica)

La puerta: se abre para un jinete y se oculta de nuevo entre los árboles. El caballo desciende a paso lento por entre las raíces que atraviesan el camino y, al rato, se descorren las ramas y aparece el cielo.

La capilla: está a la derecha del camino. Es un pequeño edificio de piedra, de planta cuadrada y cubierta a dos aguas, que está rodeado de tumbas. Tras la cerca del cementerio hay un castaño tan pequeño que nadie se ha fijado todavía en él.

Un perro amarillo: brinca, ladra y se enreda entre las patas del caballo. Está contento porque llega gente que le trae huesos y cortezas de pan. Al punto, levanta la orejas y se va corriendo a otra parte.

Una casa: está siendo construída en mampostería de granito sobre una zona en pendiente. La cuadrilla aterrazó y pavimentó primero un trecho del terreno; luego levantó los muros empezando por la parte más deprimida, la esquina norte, para estribar la construcción; y ahora se apresura en terminar la cubierta antes de que lleguen las lluvias.

La viña: está recostada en un gran campo que se inclina hacia occidente. Al sol de la tarde, decenas de vendimiadores pululan entre las cepas pensando en la cena que espera, unos bueyes tiran de su carro cuesta arriba y el perro amarillo aúlla a la profundidad del valle.

La torre: domina todo el conjunto con su recia cuadrícula de sillería. Es de planta rectangular y tiene tres plantas, con troneras en el frente y en la parte posterior. Sobre su única puerta está el escudo de los señores: tiene dos lagartijas cruzadas unidas por un yugo y, en el timbre, un yelmo empenachado de donde surge una mano que empuña una espada.

El verano: ha terminado. A los saltamontes les han crecido las alas y los prados amarillos van quedándose en silencio.

*Imagen: Hermanos Limbourg,
Las muy ricas horas del Duque de Berry, mes de septiembre (ca. 1412-16)

6 de xullo de 2009

El verano

El Prado Viejo: es una parcela trapezoidal de 0,45 hectáreas conformada por un recinto principal de pastizal, que tiene una inclinación media hacia el norte de un 8,8%; y por otro recinto menor de prado arbustivo, que se sitúa en el extremo más bajo y que está atravesado por un curso de agua.

El castaño:
está situado en la parte alta de la parcela. Su tronco, oculto por las hiedras, tiene una circunferencia de alrededor de 3 metros en su parte más gruesa. A principios de julio, la copa se encuentra cubierta de amentos colgantes de color dorado de entre 10 y 20 centímetros de largo.


La hierba: ha sido cortada, pero no recogida. Los largos tallos secos están tumbados en bandas paralelas por toda la superficie del prado. Conforman una gran sábana amarilla sobre la que vibra una nube de saltamontes.

La acústica: los niveles acústicos se man
tienen constantes en torno a los 12 decibelios, si bien se percibe una alta densidad de timbres a causa del fragor de los millones de insectos que habitan el aire y la hierba.

Un niño: ha levantado una piedra, y debajo ha aparecido un hervidero de bichos que ahora corren como locos para esconderse en otra parte. Son tantos y tan raros que es difícil ponerles nombre.

Las condiciones atmosféricas:
a falta de una hora para el ocaso, la temperatura a la sombra es de 28 grados centígrados. El cielo está despejado y no sopla el aire. La presión atmosférica es de 1025 milibares, y se prevé estable durante los próximos días.


Imagen: Bernard Palissy, Plato rústico, siglo XVI (fuente: Wikipedia)

5 de abril de 2009

La casa

El agujero: era una muesca cóncava en el centro del umbral de piedra, por donde el lobo metía la patita pintada de blanco. Siempre que yo entraba en la casa, me detenía mirando aquella extraña forma, maravillado por la casualidad que la había colocado justo en aquel lugar.

Las culebras:
salían de repente de entre la hierba seca que se apilaba en el zaguán, junto al establo, y ondulaban por el pavimento, barridas por una escoba de retama hacia el agujero del umbral.


Una gran cabeza astada:
asomaba en el ventanuco del pesebre, como expuesta en un escaparate, y comía entre ruidosos bufidos
tréboles y largas briznas, la lengua morada, la nariz húmeda y la frente dura como el mascarón de proa de un barco.

El piso de arriba:
se estremecía con las embestidas del ganado, que por veces levantaba la cabeza más de la cuenta. Cada impacto se propagaba como un redoble por todo el entablado, e iba animando gemidos y tintineos en los objetos.


El reloj de pie:
tenía un péndulo abollado de color dorado, una clavija para dar cuerda y, según mi padre, un peligroso mecanismo en tensión que, si se manipulaba, podía dispararse como una ballesta. Custodiaba la entrada a un pasillo lleno de armarios donde, como en la caja de una guitarra, reverberaban los segundos.


El moribundo:
había sido un hombre infame, y ahora moría solo en aquella habitación, al fondo del pasillo. Yo fui a visitarlo en secreto, picado por la curiosidad, porque quería saber cómo era la muerte. Lo encontré allí, tendido en su cama, respirando ruidosamente, iluminado por la ventana que daba al campo de los manzanos. Y me vio; se percató de que yo lo miraba como si sólo fuese un objeto asombroso, como si fuese una culebra retorciéndose al sol. Recuerdo nítidamente aquella escena y el tétrico espacio alrededor: colgado en la pared, un gran reloj de madera sin agujas; en el otro extremo de la habitación, una cama vacía, sólo con un gran somier de horribles alambres oxidados. Tuve miedo y me fui corriendo.


El desván:
se accedía al bajocubierta por una escalera muy deteriorada que se escondía tras un armario del pasillo. El lugar estaba tenuemente iluminado durante el día, cuando la luz del sol se filtraba por entre la pizarra del tejado. Allí había mucho polvo y muchas cosas viejas. Lo más impresionante era una tremenda colección de cabeceros de cama. Estaban apoyados los unos sobre los otros, todos recios, enormes y petulantes, cada uno en su forma y estilo, aquí y allí volutas, listones y pináculos. Y todos estaban enterrados bajo el mismo polvo ceniciento.

*Imagen: Caspar David Friedrich, Vista desde la ventana derecha del estudio (1805-06)

5 de xaneiro de 2009

La promesa

De pequeño estaba inquieto, daba vueltas presa del impulso de ir hacia delante; asomaba la cabeza intentando ver lo que habría por encima de aquellas piedras, más allá de aquellos bosques y aquellos prados. Esperaba con emoción lo que estaba por venir, la inmensa extensión de la vida, las experiencias que me saciarían. Como se me antojaba una promesa de felicidad, encontraba que el mundo circundante era un lugar hermoso. Aquella euforia, que parecía un lugar de paso, un estado previo a otro mucho mejor, era en realidad la cota máxima de felicidad que he conocido.

Es un discurso viejo, la vieja historia del hijo pródigo, de quien busca mucho algo que siempre tuvo ante sus narices, o la de quien emprende el regreso a sus raíces tras haber visto lo suficiente del mundo. Como por una especie de impulso biológico, el final se encuentra justo al principio y entonces todo encaja. Las viejas historias, los cuentos de la infancia, se aparecen plenos de sentido ante los ojos. El impulso de la vida se enfría; la carga de caballería empieza a debilitarse, a titubear, a perder velocidad; los caballos se van deteniendo y, desordenadamente, dan media vuelta. Cuando se cancela la promesa, cuyo rostro nebuloso e inconcreto nos impulsaba por la tierra, es posible descubrir el amor en lo que tuvimos.