Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

18 de marzo de 2008

Amarillo

De pequeño, yo pensaba que los seres humanos habíamos nacido privilegiados entre todas la criaturas, dotados de una inteligencia capaz de librarnos a ratos de los instintos naturales. Ahora, veo que nuestra única virtud es que somos capaces de poner nombres a las cosas y de combinarlos para hacernos una idea de lo que pasa ahí fuera. Somos capaces de intelectualizar el mundo y sus razones numéricas, incluyéndonos a nosotros mismos. Por momentos, podemos salir afuera y vernos, vernos como parte de ese sistema de relaciones causales. Y ahí se acaba nuestra originalidad.

Porque esa capacidad de objetivarlo todo es absolutamente incapaz de mitigar nuestros deseos, incluso cuando estos son estúpidos o suic
idas. Más bien al contrario, los lleva de la mano, los aviva y enfurece más que en ningún otro ser, haciéndonos así susceptibles de los más pintorescos placeres, pero también de los más rebuscados dolores. La inteligencia no es un organismo autónomo ni neutral, sino profundamente interesado, y se entrevera sutilmente con todos nuestros impulsos sirviéndoles de caja de resonancia. El resultado es que somos los únicos seres capaces de sentir placer al contemplar un atardecer, pero también de sufrir terriblemente por el amor defraudado.

Los refinamientos humanos son sólo una cuestión de grado. El caso es que somos seres sujetos al deseo, tan sujetos com
o un perro cualquiera. Ahora pienso en uno. Amarillo se llamaba. Vivía en la casa de mis abuelos, correteando por los prados y las arboledas alrededor. Era un perro de talla mediana, feo y amorfo, y decían que de palleiro. Tenía un color marrón claro, poco pelo, la cola tiesa y una oreja caída. Éste era su rasgo más distintivo. Siempre lo recuerdo así, mirándome, vuelto hacia mí allá en el fondo del camino y, sobre su cara, la oreja caída.

Amarillo jugaba poco con nosotros. Solía echarse en una sombra de la era cuando jugábamos a la pelota, y de vez en cuando nos miraba levantando perezosamente la cabeza, la oreja gacha. Luego, cuando íbamos a pasear, tal vez surgía de repente tras el muro de un camino y nos acompañaba de vuelta a casa. Entonces ya caía la tarde. Y se oía una campana lejana, y una jauría de perros se desataba ladrando en la distancia. Amarillo subía a la viña, eufórico, y le ladraba al aire. D
e repente, echaba a correr furioso, monte abajo, saltando muros y atravesando prados, hasta desaparecer entre los árboles.

En la aldea de la campana, vivía una perra pastor alemán que alguna vez venía con su dueño a visitar a mis abuelos. Era una perra elegante y airosa que no se prestaba a las caricias. Cuando Amarillo la veía, iba hacia ella. Pero el dueño de la perra le atizaba con una varita para espantarlo. Hacia aquella aldea de la perra se dirigía corriendo Amarillo cuando oía a los perros ladrar. Yo no sé lo que pasaba. Pero contaba mi abuela
que varias veces regresó cojeando, lleno de heridas, en el cuello, en la cara. Yo no entendía por qué.

Una vez, estábamos de paso en la casa de mis abuelos. Nos íbamos de camping a Almería, y pasamos para despedirnos. Resulta que Amarillo estaba echado en la era, respirando ruidosamente, con los ojos abiertos. Estaba lleno de sangre seca. Yo me senté a su lado, y lentamente acaricié aquellas postillas negras y ásperas adheridas al pelo. Luego tuvimos que irnos. Pero, unos días más tarde, supe que Amarillo se había curado. Y cuando volví, un mes después, lo encontré de nuevo correteando por los caminos, saltando de alegría por los huesos de churrasco que le traía mi madre.


Amarillo murió más tarde, tal vez un año después, en un episodio similar. Esta vez ni siquiera lo vi. Contaban que quizá alg
uien lo atravesó con una horquilla, pues traía en el costado unos extraños agujeros. Pero Amarillo aún tuvo fuerza para volver a casa y tumbarse en la era, como siempre había hecho. Y allí murió, lentamente desangrado. Cuando regresé, ya no estaba. De él, tan sólo un poco de tierra removida en un rincón de la viña.

Imagen: Franz Marc, Perro tendido en la nieve (1910-11)

6 comentarios:

Mery dixo...

Amarillo saltaba las barreras del dolor, con las alas del deseo (esta es una imagen sacada mas o menos de Romeo y Julieta). Una bella historia, Agurdión.

patricia dixo...

Algunos compartirán con Amarillo el hecho de ser un 'perro apaleao'. Es el gran dilema: caminar hacia la muerte guiado por la pasión (bien sea esta una vocación, una persona o un conjunto de principios), o vivir frustrado por un sueño al que se renunció.

Supongo que la primera es la opción de los mártires, de los héroes o, simplemente, la de los pirados. La segunda, la de la mayoría. La de los desesperados.

Quizá el dolor que inflinge la pasión sea más intenso, pero la rendición es una gigantesca bola de piedra que se arrastra de por vida.

lukas dixo...

Qué maravilloso relato, me has recordado cosas de mi propia infancia, también en el campo, pero mi compañía animal no era un perro, sino gatos.

Madame X dixo...

A menudo olvidamos que somos animales... los más depredadores.

Me ha conmovido la historia de Amarillo. Me encantan los perros. Bueno, en realidad me gustan casi todos los animales menos las gallinas.

Un abrazo.

X

Agurdión dixo...

Me alegro de veras de que la historia os haya conmovido. Era una historia de mi infancia, muy personal, y no sabía hasta qué punto podría tener sentido de puertas para afuera.

Al principio quería hablar de la faceta animal que tienen los humanos; parece que al final terminé hablando de lo humanos que son algunos animales. Son humanos porque, aunque ellos no tienen conciencia de su drama, nosotros nos empeñamos en pensar por ellos.

Saludos a todos!

Cynthia dixo...

Si muchos humanos fuesen como los perros se acarabaría la maldad en el mundo.

Porque un perro puede parecer tonto de vez en cuando, y estar ladrando todo el día hasta parecer insoportable, y estorbar... pero un perro nunca tratará a su dueño como éste lo trata.

La fidelidad los caracteriza y si hay algo que deberíamos tomarnos en serio imitarles, sería su amor ilimitado, y su franqueza.

Son simples, y nosotros complejos. Pero la sencilleza es quizás la que los hace tan maravillosos.

Precioso relato ^^

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