Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

Amosando publicacións coa etiqueta cuestión de tiempo. Amosar todas as publicacións
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17 de abril de 2011

El embudo

El buen ánimo proviene de la gestión fluida de los tiempos de la vida, es decir, de una fina adecuación entre el reloj mental y los ritmos de las cosas alrededor. Dormirse, ir con retardo, chocarse de frente con la hora real sin saber qué narices se ha estado haciendo durante días enteros es un síntoma evidente de falta de salud. Quedarse mentalmente anclado en una acción impide responder con lucidez y proporción a las necesidades presentes; toda respuesta es lenta, retardada, terriblemente esforzada, y el mundo alrededor se aparece vertiginoso, ininteligible, como si a uno lo pusiesen de repente a tocar en medio de una orquesta sin remota idea de lo que se está interpretando. El retardo, la falta de eficiencia, el desajuste con los tiempos normales de las cosas (el sol, la ciudad, el tráfico, las plantas) sólo puede entenderse como una disfunción de los mecanismos naturales.

Así, en las pocas ocasiones en que uno atina a subirse al tren en hora, se produce un mágico reenganche con el mundo. Se trata de una cuestión estrictamente musical que permite recobrar el aliento, retomar el pulso de la vida, ponerse al día y disfrutar larga y separadamente de cada segundo. En ese momento se desata un estremecimiento eufórico que, con forma de globo de hidrógeno, sube desde el pecho hacia la boca. Es una oportunidad que no debe perderse lanzándose a la ola precipitadamente: hay que mimar el delicado ascenso del globo para
que nuestro reloj, loco y sin pauta, no se descuelgue; o acaso, ya que es un remolque muy grande y muy pesado, no se lance inercialmente hacia delante atropellándolo todo, como un caballo que se asoma a la cabeza de la carrera pero que se descalabra antes de terminarla. Entonces, cuando el globo se encuentre en un sitio muy céntrico del pecho, hay que irlo apretando lentamente para que, como una esponja que se escurre, su energía se vaya infiltrando en la sangre del cuerpo, adecuando sus efectos al momento y prolongándolos en el tiempo.

El ritmo del alma viene dado, cambia como el aire y no puede manipularse con argumentos de razón que, como este post, no pasan de ser una simple representación del problema. Aún así, recordar que tenemos tiempo, que no somos independientes de las cosas ahí fuera sino que somos las cosas mismas, demuestra que, aunque podamos establecer un sistema contrario al mundo, no puede funcionar. Mientras haya un resquicio, lo mejor es intentar contagiarse del compás de las cosas cotidianas y tejer sobre él nuestra canción, así podremos seguir la película de corrido y sin necesidad de pausarla a cada poco, hasta ser quizá un día uno de esos ancianos que se recrean en mirar, como si acaso pudiesen entenderlo todo.


Quedarse atascado en la relación con el mundo es, en mi caso, consecuencia de un 'efecto embudo': cuando el canal no tiene la suficiente capacidad, las cosas se van quedando fuera haciendo cola, en estado de espera, y cuanta más cola hay, menor es la capacidad reactiva al medio y mayor la lista de obligaciones desatendidas. Dado que todo parte de un problema de ritmo, la música frecuentemente aligera ese peso, abre las puertas y ensancha el cauce del río para que entre mansamente el abismal acorde del mundo. Desde que todo se digiere en el acto, hay una buena oportunidad para prestar atención a las cosas alrededor, porque todas sus ondulaciones se aparecen entonces rítmicas, hermosas y llanamente comprensibles.

Foto: evacuación de Houston por el huracán Rita en 2005 [fuente].

16 de xaneiro de 2011

ELODL.2x01.Luz.de.emergencia

Camino de los cinco años de campamento, es obligado seguir posteando con la terqueza con que Locke, el personaje de Perdidos, intentaba convencernos temporada tras temporada de que al final todo tendría sentido. Por más que se hayan cerrado unas cuantas tramas, el paisaje no se agota, pues no se pasa como ante la ventanilla de un tren; al contrario, lo que interesa es el firmamento estrellado, susceptible de observarse con tiempo y zoom indefinidos.

El objetivo es dar con alguna supertierra en el abismo celeste por pura insistencia en recorrer siempre las mismas galaxias; encontrar alguna melodía maravillosa a base de desparramar vagas sonoridades sinfónicas. Una frase improvisada de alguien medianamente lúcido basta para dejar en evidencia lo que aquí se cavila en un año, pero quizá la cosa mejore en diez. No se trata de compensar con pertinacia la evidente falta de talento y de reprís, la total ausencia de buenas ideas e intuiciones; sino de crear un producto esencialmente distinto al del genio, no basado en la distancia recorrida, sino en el volumen de tierra removida.

La tarea se parece a la de uno de esos tractores que tanto molestan cuando aparecen circulando por el arcén con su luz de emergencia: muchas veces vuelven de escarbar otra vez la misma finca con la esperanza de que falte menos para que aflore la escotilla.

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30 de novembro de 2010

Cuestión de tiempo

Algunas personas solemos sentirnos abrumadas por el ritmo normal de las cosas, y reclamamos nuestro tiempo diciendo: "no me apures, que a mí me lleva más; es que tú lo haces en una hora, pero a mí me lleva tres; es que prefiero hacerlo despacio, pero bien". Sin embargo, por más engorroso que nos resulte el factor tiempo, no vamos a vivir más que aquéllos que viven en hora, que aquéllos que tienen siempre el reloj de su mente ajustado con el de sus vísceras y que viven en perfecta armonía con el pulso del mundo real.

Que a nosotros el tiempo nos apabulle es algo que nuestro animal, nuestra envoltura orgánica, no conoce ni entiende. Sencillamente baste vernos a nosotros mismos en una grabación de vídeo, gesticulando estúpidamente, mirando aquí o allí, encarnando un personaje que nos es absolutamente ajeno, desconocido, que no hace ningún honor a lo que suponemos nos pasaba en ese momento por la cabeza.


Quizá por no habernos pasado horas suficientes amándonos ante el espejo, viéndonos desde fuera, el vínculo con nuestra representación ha quedado por lo general obsoleto, y ya apenas conocemos al que está ahí delante. Nuestro cuerpo pasa ante nosotros con la misma velocidad con que pasa el tráfico o el tiempo estipulado para un examen, del todo ajeno a nuestro particular ritmo cognitivo, y no va a compensarnos por nuestra falta de reflejos. Su compás es el de los ciclos naturales, independientes de que la mente ten
ga su propio calendario. La película corre siempre hacia delante, pensemos lo que pensemos, y se acaba cuando se acaba, por mucho que sintamos que acaba de arrancar.

Tras tomar conciencia de la situación, comprendemos que sólo un camino puede sacarnos del atasco: la radical determinación de marchar hacia delante, redoblando como el segundero, impasibles a cualquier cosa que se interponga, a que las horas empleadas sean cinco o veinticinco. Se trata de dedicarnos a los objetivos mucho más tiempo de lo n
ormal; de concentrarnos en el menor número de cosas posible mientras sacrificamos el resto; de entregar masivamente nuestros días a unas pocas tareas que otro normalmente resolvería en un par de horas sin necesidad de aislamiento. ¡Y aún le quedaría tiempo para todo lo demás!

Imagen: Salvador Dalí, La persistencia de la memoria (1931). Detalle.
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