Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

11 de xaneiro de 2009

Fósiles (I)

Recientemente he vuelto a dedicarme a la arqueología. A la exhumación de las cosas viejas que, en sucesivos estratos, se van acumulando en casa, y de cuyo estudio puede derivarse una mejor comprensión de la vida de uno mismo.

Hay mucha gente arrebatada que, al terminar una relación sentimental, al perder a un ser querido, lo quema todo. Me la imagino arrasando la casa, como en una inspección de la Gestapo, echando a bulto en una bolsa de plástico los objetos de las mesas, los cuadros de las paredes y los libros de las estanterías. "Hay que olvidarlo", dicen, "es lo mejor".

Semejante comportamiento me parece residuo de una concepción animista del mundo material, de tal forma que un peluche no es sólo una forma de recordar a alguien, sino que ese alguien habita espiritualmente el objeto, o incluso se ha reencarnado en él. Así que, una vez deseamos que alguien desaparezca de nuestra vida, el objeto adopta una condición fantasmagórica y amenazante, y debe ser destruido.

Melancólico y replegado frente al futuro, suelo ver los objetos a mi alrededor de forma muy distinta. De no ser por las limitaciones espaciales y temporales que la vida impone, yo lo tendría todo catalogado como si fuese un historiador. El empeño que hoy ponen los poderes públicos en preservar la memoria nacional contenida en sus monumentos es conceptualmente el mismo que pongo cuando guardo una carta. Tengo la sensación de que, como si se tratase de una cámara funeraria del mundo antiguo, la redescubriré casualmente algún día cargada por fin de un significado redondo y revelador.

Los objetos no me dan miedo. Son sólo objetos, huella de algo o de alguien que pasó. En ellos se contiene una parte necesaria de la vida: la memoria. Y en ellos puede leerse, puede aprenderse, en tanto que no son sólo activos sentimentales, sino también informativos. No son sólo para el recreo estético, si es que son bellos en sus formas, o si contienen hermosas palabras; sino también un documento, una explicación, una forma de conocer y reconocer la vida, si es que nos interesa algo más que el aquí y ahora.
(sigue)

Fotografía: Agurdión.
Entradas relacionadas:
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La huella de la vida

5 de xaneiro de 2009

La promesa

De pequeño estaba inquieto, daba vueltas presa del impulso de ir hacia delante; asomaba la cabeza intentando ver lo que habría por encima de aquellas piedras, más allá de aquellos bosques y aquellos prados. Esperaba con emoción lo que estaba por venir, la inmensa extensión de la vida, las experiencias que me saciarían. Como se me antojaba una promesa de felicidad, encontraba que el mundo circundante era un lugar hermoso. Aquella euforia, que parecía un lugar de paso, un estado previo a otro mucho mejor, era en realidad la cota máxima de felicidad que he conocido.

Es un discurso viejo, la vieja historia del hijo pródigo, de quien busca mucho algo que siempre tuvo ante sus narices, o la de quien emprende el regreso a sus raíces tras haber visto lo suficiente del mundo. Como por una especie de impulso biológico, el final se encuentra justo al principio y entonces todo encaja. Las viejas historias, los cuentos de la infancia, se aparecen plenos de sentido ante los ojos. El impulso de la vida se enfría; la carga de caballería empieza a debilitarse, a titubear, a perder velocidad; los caballos se van deteniendo y, desordenadamente, dan media vuelta. Cuando se cancela la promesa, cuyo rostro nebuloso e inconcreto nos impulsaba por la tierra, es posible descubrir el amor en lo que tuvimos.

27 de decembro de 2008

"Dormir es de cobardes"

El sueño sirve para las grandes celebraciones lo mismo que la borrachera, porque ambas cosas son esencialmente lo mismo. Se trata de dos territorios donde los lazos espaciotemporales y causales con el mundo se ven debilitados. La correlación de las experiencias es casi arbitraria, no obedece a otro orden que al de las palpitaciones, al momentáneo color del ánimo. En consecuencia, la realidad del cuerpo lo invade todo, y los objetos alrededor se tornan órganos suyos impregnados de sangre y de humores cambiantes.

El ensueño y la embriaguez son dos maneras hermanas de probar la voluntad, de romper con la agobiante solidez de los hechos. Lo mismo que la borrachera se destina tanto a culminar la alegría como a aliviar la tristeza, el sueño no sólo ayuda a digerir un día de mierda, sino que también puede poner la guinda a un día fantástico. Conozco a gente que duerme religiosamente sus preocupaciones, como si fuesen una gripe: asume que no hay nada que arreglar ahí fuera y que la recuperación es sólo cuestión de tiempo. Por el contrario, otros sólo concilian el sueño cuando pueden celebrar que todo está en orden. Así, yo me he pasado las mejores fiestas durmiendo.

Imagen: los objetos alrededor.

13 de decembro de 2008

La puerta

Se entraba por un camino recóndito, situado en el final mismo del océano, a través de una cala ceñida por acantilados de roble. El portal era un paraje lleno de asimetrías, un atrio caprichoso armado por piezas irregulares. Los muros, el sendero y las ramas se entrelazaban en un espasmo casual y transitorio y la mirada era guiada al calor de las formas particulares, de los pequeños sucesos.

El buzón: era toda una novedad; antes el correo se recogía muy lejos, cerca de la carretera. Ahora podía recogerse allí, a las puertas, colgado con alambre de un árbol, en una cajita metálica con el dibujo de una corneta de posta.

La tumba:
a los pies del árbol que sostenía el buzón crecían los helechos y, entre ellos, en algún lugar, estaba la tumba de un perro. Se había muerto allí, escondido entre el matorral, y durante largas temporadas inundó el lugar de pestilencia, hasta que se desintegró entre varias capas de hojas secas.


La piedra:
el sendero estaba flanqueado por paredes toscas de granito levantadas a hueso, pequeños murillos de pedruscos apilados intuitivamente, que con el tiempo se despeñaba
n, se esparcían por el suelo y bloqueaban el paso. Cuando esto sucedía, había que detener el coche, bajarse, coger la piedra entre las manos y apilarla de nuevo intuitivamente en algún recoveco del muro.

Los dinosaurios:
del otro lado del muro y mezclada con el bosque, emergía de la tierra una comunidad de grandes rocas grises y peladas, de las cuales la mayor de todas invadía parte del camino con una gran concavidad que había sido, según mi padre, el lecho de un dinosaurio.


La coda: la única vez que vi un zorro de verdad fue en aquel lugar. Era un cuerpecillo naranja erguido entre las peñas, el semblante afilado y el rabo peludo, que se quedó mirando a nuestro coche como un animal de safari, hasta que las ramas lo ocultaron.

Imagen: fotograma de El viaje de Chihiro (2001), de Hayao Miyazaki.

29 de novembro de 2008

El dolor (II)

«Amé tanto a mi padre que ya nunca he podido amar a nadie más, te habrás dado cuenta, no te habrá pasado inadvertido, tú lo sabes, le amaba como todos los niños aman a su padre, pero sin alegría, yo le amaba con dolor, un dolor que formó parte de mi vida desde que tengo uso de razón, recuerdo con toda claridad el punzante dolor a los dos años, a los tres años, un dolor tenaz, como un tornillo que gira y perfora sin llegar nunca a ajustar, yo me preguntaba si alguna vez cesaría el dolor, si llegaría un día, cuando fuera un adulto como mi padre, en que el dolor desaparecería, pero no cesó, se fue espesando hasta hacerse como una nube y yo vivía en esa nube, dentro de esa nube, hoy el dolor continúa igual que entonces hincado en mi corazón, no me deja respirar, muy pocos saben lo que es el dolor metido en la cabeza de un niño, aunque esté gozoso está dolorido, todo es dolor y formas del dolor, ése es mi mundo.

(...)

El dolor es una niebla, la llevas contigo a donde vayas, estás sumergido en el dolor, un niño no tiene defensa, no sabe ni siquiera lo que le duele, no puede luchar contra el dolor porque no sabe que está poseído por el dolor, a veces está alegre, parece jovial, juega con los otros niños, pero es una imitación, imita a los otros niños con mucha obediencia para no distinguirse, pero está separado de ellos por una barrera, está encerrado en la burbuja de su dolor, sin escapatoria, se ve a sí mismo jugando con otros niños y hace esfuerzos para ser como los demás niños, pero sólo puede imitar y sabe que está imitando, no tiene más compañía que su dolor, por eso no he podido ayudarte ni podré ayudar a nadie nunca (...).»


Félix de Azúa, Momentos decisivos
Barcelona: Anagrama, 2003


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