El agujero: era una muesca cóncava en el centro del umbral de piedra, por donde el lobo metía la patita pintada de blanco. Siempre que yo entraba en la casa, me detenía mirando aquella extraña forma, maravillado por la casualidad que la había colocado justo en aquel lugar.
Las culebras: salían de repente de entre la hierba seca que se apilaba en el zaguán, junto al establo, y ondulaban por el pavimento, barridas por una escoba de retama hacia el agujero del umbral.
Una gran cabeza astada: asomaba en el ventanuco del pesebre, como expuesta en un escaparate, y comía entre ruidosos bufidos tréboles y largas briznas, la lengua morada, la nariz húmeda y
la frente dura como el mascarón de proa de un barco.
El piso de arriba: se estremecía con las embestidas del ganado, que por veces levantaba la cabeza más de la cuenta. Cada impacto se propagaba como un redoble por todo el entablado, e iba animando gemidos y tintineos en los objetos.
El reloj de pie: tenía un péndulo abollado de color dorado, una clavija para dar cuerda y, según mi padre, un peligroso mecanismo en tensión que, si se manipulaba, podía dispararse como una ballesta. Custodiaba la entrada a un pasillo lleno de armarios donde, como en la caja de una guitarra, reverberaban los segundos.
El moribundo: había sido un hombre infame, y ahora moría solo en aquella habitación, al fondo del pasillo. Yo fui a visitarlo en secreto, picado por la curiosidad, porque quería saber cómo era la muerte. Lo encontré allí, tendido en su cama, respirando ruidosamente, iluminado por la ventana que daba al campo de los manzanos. Y me vio; se percató de que yo lo miraba como si sólo fuese un objeto asombroso, como si fuese una culebra retorciéndose al sol. Recuerdo nítidamente aquella escena y el tétrico espacio alrededor: colgado en la pared, un gran reloj de madera sin agujas; en el otro extremo de la habitación, una cama vacía, sólo con un gran somier de horribles alambres oxidados. Tuve miedo y me fui corriendo.
El desván: se accedía al bajocubierta por una escalera muy deteriorada que se escondía tras un armario del pasillo. El lugar estaba tenuemente iluminado durante el día, cuando la luz del sol se filtraba por entre la pizarra del tejado. Allí había mucho polvo y muchas cosas viejas. Lo más impresionante era una tremenda colección de cabeceros de cama. Estaban apoyados los unos sobre los otros, todos recios, enormes y petulantes, cada uno en su forma y estilo, aquí y allí volutas, listones y pináculos. Y todos estaban enterrados bajo el mismo polvo ceniciento.
*Imagen: Caspar David Friedrich, Vista desde la ventana derecha del estudio (1805-06)
5 de abril de 2009
La casa
25 de marzo de 2009
Conjuntivitis alérgica
No será nada nueva la analogía, y mucho menos tiene valor científico alguno. Pero una y otra vez he pensado últimamente en lo mucho que se parecen los dolores del alma (o, por no usar un apelativo tan estirado, el sufrimiento psicológico de la raíz que sea) a las heridas y enfermedades superficiales de la carne.
Tengo un extraño enrojecimiento a la altura de la tibia, en la pierna derecha, que varía cíclicamente de intensidad, unas veces hasta desaparecer, y otras hasta descamarse. Sea lo que sea, los motivos por los que un día pica y otro se calma no parecen estar ahí fuera, sino aquí dentro, en mi propio cuerpo.
Del mismo modo, la tristeza a veces me asalta desde dentro de la muralla, como si hubiese estado oculta en un caballo de Troya, mientras constato que nada hay fuera que me amenace. Entonces, toda mi conciencia se repliega inflamada en torno a la herida, como un cuerpo amoratado y febril por causa de una miserable muela, y siento una gran invalidez. Sin saber cómo, sin que suceda nada, un día la inflamación remite.
Ésa es la gran paradoja: cuando la tristeza sólo está en mí mismo, siento la obligación de controlarla, porque es mía, porque no dependo de terceros. Sin embargo, no es más fácil que si estuviese claramente fuera, en manos de un tercero. Si la ansiedad, la tristeza o el miedo estuviesen provocadas, pongamos por caso, por un desconocido que se dedica a intimidarme, quizá estuviese a su merced; pero lo extraño es que lo esté cuando la cosa depende de mí, cuando está en mis manos...
La conclusión es absolutamente lógica: el cuerpo también me es ajeno en muchos sentidos, no me pertenece, va por libre, como el desconocido que se dedica a intimidarme. El cuerpo, y con él la mente, realizan constantemente un sinfín de tareas que se encuentran fuera de mi control. Cada una de las palpitaciones de mi corazón me es tan ajena como una cigüeña poniendo un huevo en aquel campanario, es decir, es objeto y no sujeto.
Del mismo modo que mi extensión orgánica se me aparece como un objeto más del mundo, sometida al capricho de insondables fluidos, también los pensamientos me acometen desde fuera. Los dolorosos me llegan como una pedrada, como una crisis alérgica, como un apéndice que se ha inflamado y asfixia a la conciencia; los placenteros llegan como un sueño, o como un beso. Y todos ellos están ahí fuera; llegan de improviso, se apoderan de mí y luego se van.
Imagen: Joan Miró, El beso (1924)
Entradas relacionadas: Horizontes; Conjuntivitis alérgica (II)
8 de marzo de 2009
Elogio del recuerdo
«Esa dicha de la contemplación sin volición es finalmente la que dota de un encanto singular a lo pasado y lo lejano, y por medio de un autoengaño nos los presenta revestidos de una luz tan embellecedora. Al recordar los días de un pasado lejano vividos en un lugar distante, son sólo los objetos lo que nuestra fantasía evoca, y no el sujeto de la voluntad, que, entonces como ahora, llevaba consigo sus penas incurables; pero éstas están olvidadas, pues desde entonces ya han dejado lugar a otras. La contemplación objetiva actúa en el recuerdo como actuaría en las cosas del presente si nos propusiéramos entregarnos a ellas libres de la voluntad. Ésta es la razón de que, especialmente cuando alguna necesidad nos inquieta más de lo habitual, el recuerdo repentino de escenas del pasado y de lo lejano se nos aparezca como un paraíso perdido.(...)»
El mundo como voluntad y representación
Madrid: Akal, 2005
Entradas relacionadas:
● El consuelo de la Historia
● El dolor: viceversa
● Las lamentaciones
19 de febreiro de 2009
Color #1: azul pálido
El azul pálido es el más hermoso de los colores, pero el menos común. Su mayor intensidad la alcanza el primer día de primavera, cuando languidece la tarde, acaso si el día está soleado y la piedra caliente. Es el color del viento que regresa cada cierto tiempo, que nos saluda descorriendo largas nubes serpentinadas, y que se va dejando el espacio infundido de olores lejanos.
El azul pálido es el color del cielo cuando parece más grande. Provoca una sensación de anestesia y sueño, donde las imágenes proliferan libres y vaporosas, y se deslizan como la seda entre los sesos. La acústica del azul pálido corresponde a la de los lugares abiertos, a la de las cumbres sobre el páramo, donde puede apreciarse en lo más profundo el ronco acorde del mundo, la respiración del gigantesco animal que duerme.
El azul pálido es el color del tiempo detenido, el color del recuerdo y del escondite.
Fotografía: Agurdión
8 de febreiro de 2009
Fósiles (II)
Los objetos, decía, parecen nuestros algún tiempo, y luego se van quedando relegados en el ostracismo, sedimentados en los arrabales del espacio de la vida, al lado del camino, donde ha crecido la maleza. Un día nos salimos casualmente fuera del carril y tropezamos con una de aquellas cosas; la desenterramos, la contemplamos fascinados y la devolvemos a la civilización, al centro del camino, para poder admirarla todos los días resucitada como un bronce de Riace, que infunde su historia a un presente incierto y sin espíritu.
Más allá del ardor posesivo, hay valores informativos escondidos en los objetos de nuestro alrededor. Los objetos pueden ser contenedores del pulso de la vida pasada y, en el acto de describirlo, pueden infundirnos por un instante sensaciones olvidadas. Pero una cosa es
tropezar con algo, devolver al mundo lo que estaba bajo el mar, y otra es que previamente lo hayamos estado buscando, con la mera intención de devolverlo a nuestra zona de control.
El material con el que he topado esta vez son los correos que intercambiaba con una amiga hace unos diez años. Quizá no sean muchos años, aunque como por aquel entonces estaba yo aún en el instituto, la distancia me impresiona. Los descubrimientos que se pueden hacer en este tipo de documentos no tienen precio. En particular, reparé en uno de mis envíos. Lo más llamativo (y vergonzoso) para mí fue ver cómo una y otra vez me enredaba en el lamento, en una visión ominosa de la vida, cuando andado el tiempo me he fabricado una imagen idílica de aquella época. Otra vez, he vuelto a caer en la cuenta de que los recuerdos son pura representación, y no nos dicen toda la verdad acerca del presente al que remiten.
Al final de este correo, yo hacía referencia a un curioso documento que ahora no sabría encontrar, una carta recibida por mi madre a finales de 1981, que yo usaba como coartada para hablar de uno de los comunes denominadores de mi vida. Se trata de la preplejidad ante el hecho mismo de existir, una perplejidad absurda por cuanto ha llegado intacta hasta el presente, sin haber producido nada, como el insistente golpeteo de una mosca sobre el cristal de una ventana. Esto decía yo:«El otro día vi una carta que una prima de mi madre le escribió a ella hace bastantes años. De repente, al leer, advertí que decía: "¿y cómo estás?, ¿ya se te nota?, ¿y qué sientes?, ¿se ha movido alguna vez el muchachito? No te imagino a ti así". Me quedé soprendido y casi espantado. Porque se refería a mí. Cuando determinados sucesos te hacen pensar en lo que de verdad fuiste un día, tu cabeza pega muchas vueltas. No sabes si preguntarte si eras o no eras tú en realidad aquel engendro que vivía, pero que no recuerdas. (...) Es fascinante y macabro tener que admitir "que un día naciste", que un día no eras y al día siguiente ya eras. Que nos hemos pasado muertos infinitos años del pasado, y estaremos muertos infinitos años del futuro, pero que, en un momento dado, en un ínfimo espacio temporal, una lucecita se encendió y vivimos.»
Yo creo que la grandeza de este tipo de hallazgos es que nos colocan ante nuestra propia vida, nos permiten observarnos desde fuera, como un objeto más en el mundo. Me pregunto, ¿qué pasará con todas estas cosas cuando ya no estemos? ¿Dejaremos que sean devoradas por entrometidas manos? ¿O será mejor quemarlas antes?
Entradas relacionadas:
• Fósiles (I)
• ¿Qué es la voluntad?
• Las lamentaciones

