Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

14 de febreiro de 2011

El modelo del caracol (1/2)

Casi como broma, llevaba un tiempo recopilando ideas para hacer frente a la crisis económica; no realistas ni de espíritu emprendedor, sino enfocadas a publicar una entrada, y por lo tanto acordes con la actitud retraída de este blog. Hace poco ha dejado de parecerme una broma cuando, al bajar a pasear junto al río, me he encontrado a un señor de unos cuarenta años, quizá ecuatoriano, cazadora de cuero, vaqueros y zapatos de suela. Este señor, armado con una serie de precarias cañitas de madera, venía de pesca lo mismo que esos otros que se calzan botas hasta la cintura y van con el chaleco, y tal era su convicción que no parecía que lo hiciese por primera vez.

Obviamente, yo no tengo ninguna recomendación seria contra una crisis que no entiendo, porque es cuestión de dineros, una cosa que aspira a medi
atizar nuestro acceso a todo lo que existe en el mundo, como fervientemente se afanan en conseguir los profesionales de las finanzas desde hace muchos siglos. Pero no hay que ser economista para entender que, pese al dinero, la vida sigue ahí delante, ajena a toda crisis, y sigue siendo la misma de siempre; fuera de las miserias de la civilización, la naturaleza sigue ahí fuera, con intacto potencial, y ante sus mejores monumentos se aparece el dinero como una parte pequeña y estúpida del paisaje. Hay objetivos simples y obvios para los que resulta difícil entender que medie forzosamente el dinero, como por ejemplo la supervivencia, y parece increíble que nuestras ataduras sean tan fuertes como para impedirnos hacerlo llegado el momento.

Sin ánimo de tomar a broma el sufrimiento de nadie, y recordando que son muchos en el mundo los que viven desesperados en la indigencia, sólo quiero repasar con el ansia de un fugitivo algunas maneras más o menos históricas de resetear:

Una forma común de replegarse es abandonar la ruidosa urbe para buscar oxígeno en el mundo exterior, comúnmente expresado como "irse a cuidar cabras al monte". Por lo menos una vez en la historia se produjo un masivo abandono de la ciudad en respuesta a una situación económica catastrófica: durante el lento y penoso colapso del Imperio Romano. Por entonces, la vuelta al campo debió de verse como un mal menor, la mejor oportunidad de sobrevivir frente a unas ciudades paralizadas comercialmente, decadentes y ominosas. Hoy tampoco falta quien presume de no notar la crisis por vivir en la aldea, "porque no campo, se traballas, non pasas fame"; sin embargo, otros se quejan de las generaciones que ha costado salir de la tierra, como para tener que volver, apenas construido en Galicia un modesto sistema urbano, ¡promesa de progreso!

Para el burgués ingenuo que no conoce la verdadera vida del campo, pero que no obstante lo valora románticamente, la ruralización tiene una ventaja aparente: el campo es tan grande que uno puede vivir libre de sumisiones a otras personas, de ataduras políticas, como en una especie de Arcadia mítica. La realidad es que el campo está parcelado y repartido, y sólo podría habitarse libremente -por ejemplo, sin la vigilancia del Seprona- en caso de que el Estado se debilitase hasta tal punto de no poder ejercer el poder sobre su dominio, en cuyo caso, no obstante, aparecerían otros poderes de sustitución, como gánsters y señores feudales, del modo en que aparecieron en la Edad Media o en las tierras colonizadas del Salvaje Oeste americano. Por otro lado, es improbable que algún día se inicie la colonización de otro planeta sin que previamente se lo hayan repartido los imperios establecidos, o, en su defecto, sin que el listo de turno, aprovechando que se ha labrado una tropa de esbirros, establezca una ley conveniente a sus
intereses.

Al margen de estas trabas, la vida del campo implica un trabajo duro pero por lo general suficiente para la subsistencia. La mayoría de las hambres del campo tienen su origen en la apropiación de las cosechas por entidades ajenas a su trabajo, a través de rapiñas o de las diversas formas de saqueo que legaliza el poder de turno. Es cierto que el hombre tiende a ampliar sus lujos y comodidades, pero en situaciones difíciles, como la del Bajo Imperio, el campo parece ser garantía de unos mínimos. En este sentido pensaba John Seymour, autor en 1978 de
El horticultor autosuficiente, donde además de recoger muchos de los conocimientos de nuestros abuelos sobre los ciclos agrícolas -que quizá no convenga olvidar-, pone de manifiesto una ideología de repliegue que siempre se fortalece en las épocas de incertidumbre y carestía. Una de las corrientes más populares de este tipo en la actualidad es la que se denomina decrecimiento, una filosofía que muchos consideran escandalosa porque aboga por la detención absoluta del crecimiento económico -históricamente entendido como progreso- y aún la vuelta unos cuantos años atrás, y porque alberga en su seno la defensa de una "vida sencilla", en abierta contradicción con la esencia de nuestro sistema. El concepto de este movimiento está simbolizado por el caracol, un animal cuya concha desarrolla siempre las espirales justas, pues tan sólo una más la volvería disfuncional. [continúa]

31 de xaneiro de 2011

Evasiva #2

Hay montañistas que describen el mejor momento del ascenso como aquél en el que encuentran el equilibrio del dolor. Se trata, según dicen, de un delicado estado del alma que salta como un resorte al acariciar muy sutilmente el filo del agotamiento, cuidando no excederlo. A partir de ese momento, las piernas marchan solas, con ritmo imperturbable, como si se hubiese conectado un sistema energético de emergencia. Y mientras el cuerpo ejecuta su tarea, la mente parece salirse fuera hasta el punto de poderse ver uno mismo desde las alturas, formando parte insignificante de la montaña.

Fotografía por Moncho Vila, Hacia el volcán Ilinizas (Ecuador, 2010)

16 de xaneiro de 2011

ELODL.2x01.Luz.de.emergencia

Camino de los cinco años de campamento, es obligado seguir posteando con la terqueza con que Locke, el personaje de Perdidos, intentaba convencernos temporada tras temporada de que al final todo tendría sentido. Por más que se hayan cerrado unas cuantas tramas, el paisaje no se agota, pues no se pasa como ante la ventanilla de un tren; al contrario, lo que interesa es el firmamento estrellado, susceptible de observarse con tiempo y zoom indefinidos.

El objetivo es dar con alguna supertierra en el abismo celeste por pura insistencia en recorrer siempre las mismas galaxias; encontrar alguna melodía maravillosa a base de desparramar vagas sonoridades sinfónicas. Una frase improvisada de alguien medianamente lúcido basta para dejar en evidencia lo que aquí se cavila en un año, pero quizá la cosa mejore en diez. No se trata de compensar con pertinacia la evidente falta de talento y de reprís, la total ausencia de buenas ideas e intuiciones; sino de crear un producto esencialmente distinto al del genio, no basado en la distancia recorrida, sino en el volumen de tierra removida.

La tarea se parece a la de uno de esos tractores que tanto molestan cuando aparecen circulando por el arcén con su luz de emergencia: muchas veces vuelven de escarbar otra vez la misma finca con la esperanza de que falte menos para que aflore la escotilla.

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31 de decembro de 2010

Agua (y II)

Amarillo cae sobre Aguas

19 de decembro de 2010

Agua (I)

Como hechizada con fatídicas propiedades magnéticas, la aldea de Aguas atraía sigilosamente hacia el abismo del valle cualquier cosa que habitase la ladera:

El regato: venía de algún punto de la montaña, pasaba por detrás de la casa alimentándose de agrestes manantiales, se lanzaba por un terraplén y luego se marchaba encajando entre dos muros limitadores en otro tiempo de un camino, hasta al fin desparramarse en un prado verde y esponjoso.

El humo: de la cocina salía de la casa haciendo piruetas, se colaba trabajosamente por entre la lluvia y se iba reptando ladera abajo zarandeado por el viento.

Los árboles: velaban el horizonte en cualquier dirección, extendidas sus ramas desnudas y retorcidas hacia el agujero del valle por donde desaguaba su savia toda, y hasta de la ansiedad se desplomaban algunos con sus raíces fuera de la tierra.

La música: era el fragor de una ciénaga, donde los ecos lejanos quedaban empantanados entre la niebla y el barro, pero aún llegaban ensordecidos y abombados los ladridos de algún perro y el repicar de la campana de la abisal aldea.

Las salamandras: y demás monstruos anfibios marchaban en procesión por la pendiente, confundidos entre la hierba de los barrizales, convocados todos en las profundidades del valle.

Yo: había salido naturalmente, como todos los demás, a llenarme de agua las katiuskas por los campos que había tras la casa, aquéllos por los que prefería la soledad que la compañía, la naturaleza inhóspita que la entretenida urbe, el frío que la manga corta.

Amarillo: salió de repente de la maleza con los ojos encedidos, pero no venía a buscarme, sino que marchaba desbocado donde las salamandras. Hizo un leve ademán de detenerse al reconocerme, cuando el terrible sonido de la campana lo arrojó otra vez por el precipicio.