Recuerdo un día de verano en que había ido a bañarme a aquel pedregal del río. Yo estaba dentro de un Seat León aparcado en la cuneta. A través del parabrisas, me había quedado mirando a otro León aparcado justo delante. Estaba enfrentado a mí, con sus acharoladas líneas de fuerza, con su simétrica mirada de esfinge. Cara a cara, uno y otro coche parecían representar cierto parentesco entre sus dueños. Conformaban una imagen heráldica, perfecta, que parecía remitir a esas formas comunes a todos los hombres, a esas visiones esenciales de la vida, que preexisten a los sentidos y que no caducan.
Obviamente, era una ilusión. Si en algún lugar existen estas formas preexistentes, el último donde las encontraremos es en el mundo del diseño industrial. Porque es un mundo fabricado esencialmente con fecha de caducidad, o para tener fecha de caducidad, la cual se calcula con extrema precisión para garantizar la reproducción del mercado. La imagen del tráfico rodado, vegetación urbana por antonomasia, cambia en ciclos de pocos años que volatilizan el paisaje. Paradójicamente, los diseños industriales se nos aparecen constantemente como formas definitivas, como descubrimientos que presumen de trascender la historia. Para muchos consumidores, los concesionarios son depositarios del progreso científico y las radiofórmulas lo son de la vanguardia musical. Muchos piensan que viven un momento histórico maravilloso, que cada nuevo gadget hace palidecer el descubrimiento del fuego.
Pero ahí fuera del coche hay un mundo inmenso que pervive lleno de serenidad y belleza, tal cual existía hace mil años. A mí me interesan las formas duraderas, las imágenes compartidas con gentes de otro tiempo, sobre las cuales seguramente pensaron cosas similares a las que yo pienso. No el mundo de lo hipercodificado, que se comercializa con significados cerrados y atados. Sino las imágenes abiertas del mundo real, las que han espoleado desde siempre la imaginación de los hombres: los árboles, las nubes, un campanario recortado sobre el cielo de la ciudad, contemplado por las generaciones durante cientos de años.
Nuestra cabina espacial es un telón multicolor que nubla la verdadera materia de la vida. Vivimos rodeados de una constelación de artefactos cuya existencia es efímera, y que no obstante dotamos de una dimensión universal. Por momentos, se nos invita a creer en el presente como un estado absoluto, definitorio de la esencia humana. Pero imagino algún lugar remoto de la historia: algún lugar de la Creta minoica, o del reino lombardo. Cualquiera que desde allí nos viese estaría convencido de que no somos humanos. Sin embargo, seguimos siéndolo porque, en lo esencial, el mundo es el mismo: las estrellas que miramos son las mismas, literalmente las mismas.
Imagen: Guarino Guarini. Cúpula de la capilla del Santo Sudario (1667-90), en la catedral de Turín.
20 de novembro de 2008
Lugares comunes
1 de novembro de 2008
Día de Difuntos
En la orilla del Lete reina el mismo espíritu que en un primero de noviembre. Ése es precisamente el clima psicológico que se ha perfilado con el tiempo, la emoción que quiero recoger. Por eso, En la orilla del Lete tiene este tufillo a naftalina, el aire amanerado, caduco y chocho de las viejas historias, de los que piensan demasiado en el tiempo, de los que tienen un recuerdo enquistado y lo rumian constantemente.
Es el ánimo meditabundo con que visitamos el cementerio, la parálisis y la melancolía, que despiertan la furia de quienes ofrecen una alta reactividad a la realidad inmediata, de quienes se reinventan a cada segundo. Como en el cementerio, en este blog hay un sentido kitsch de la belleza y una poética de lo añejo, tanto como en la etiqueta de Brugal Añejo. El diseño, con sus colores pastel y su petulante cursiva inglesa, tiene algo de delicadeza impostada, repipi, como en los viejos cuadros pompier. Ya sólo el título delata a todo el blog, estirado e idiota, como esos paragüeros estampados con un cuadro rococó.
Sea de buen o de mal gusto, este blog no se plantea dejar de ser lo que es, es decir, una larga y sostenida visita al cementerio. Pero no al cementerio de la Almudena, no a un cementerio civilizado, en el peor sentido del término, sino a uno apartado y remoto, a un auténtico camposanto rodeado de silencio. Se trata de un lugar muy concreto que está en el limbo del mundo, en un anochecer perpetuo de frío y de lluvia. Es un cementerio lleno de hierbas y de hojas secas, al abrigo de una capilla con una espadaña barroca y de un gran roble que, derribado por su propio peso, se pudre desde hace años con las raíces al aire.
Esta tarde, hallé una tumba bajo la hierba al raspar un poco con el pie. La lápida era una plancha de mármol amarillento, ligeramente inclinada sobre el suelo por el paso del tiempo. Había grabada en su parte superior una cruz muy adornada, y en el centro una leve inscripción de color negro que aún permitía leer la fecha de defunción de 1919. Me conmovió estúpidamente descubrir que nadie iba a llevar flores a aquella tumba.
Tal es el espíritu de este blog, tal su insensata preocupación. No busca un estado lacrimógeno o depresivo, sino al contrario, el brillo del oro entre la hojarasca. Como el cementerio, este blog es para quien lo escribe sólo una parcela de la vida y, al tiempo, un referente vital. La esencia de las formas del mundo cementerial, particularmente cristiano, no es el dolor y el planto, sino la memoria.
Imagen: Caspar David Friedrich, Abadía en el robledal (1808-10)
11 de outubro de 2008
Fiesta
En el preciso instante en que el agua caliente se estrella contra la piel seca, un rodoble estremece todo el organismo y los músculos resucitan de la anestesia. El cuerpo vuelve a existir para bien, y sus superficies sensibles se reconcilian con el medio. Las constantes vitales recuperan la normalidad. Qué fantástica noche, y aún va por la mitad. Me voy a la cama.
30 de setembro de 2008
La dulce mentira
El mejor momento del verano tuvo lugar entre las 22 y las 22,20 horas del sábado 9 de agosto, y se fundó en una mentira gordísima. De conocer la verdad entonces, el que seguramente fue el momento más excitante de mis últimos años nunca hubiese tenido lugar. Por tanto, y dado que la ciencia no estaba en juego, sino el placer de un momento concreto, no había más verdad que lo que parecía verdad, y hoy me alegro de haber sido engañado.
Que no se me entienda mal. No se trata de que aquella gran excitación fuese mentira, sino de que estaba facilitada por unas cuantas. Bien construidas, las apariencias nos enamoran lo mismo que las verdades, pues lo que cuenta de ellas son sus efectos. El destino final de aquello que se nos aparece a la vista es una sensación, una sola. Esta sensación es ajena a la autenticidad de los medios que la provocaron y, en sí misma, no sólo es absolutamente real, sino que es la única realidad, es decir, todo lo que existe en el mundo.
La espada que nos atraviesa el pecho no es otra cosa que el dolor que nos provoca. Las formas en sí no valen nada, no significan una emoción o un ánimo concretos; lo que importa de las cosas es el sentimiento que nos suscitan, el movimiento que causan en el alma. Pero, para comunicar ese movimiento subjetivo, no queda más remedio que hablar del objeto que lo provoca. Es decir, hablar de lo que aparentemente sucedió entre las 22 y las 22,20 de aquel día de agosto.
Fue un viaje bastante corto en el asiento de atrás de un coche, a lo largo de una carretera secundaria, en la misteriosa hora en que el día se mezcla con la noche y las formas, aún perfectamente delineadas, pierden los colores. En Galicia, en mitad del verano, la luz no se va del todo hasta pasadas las diez. En esta delicada coda, la oscuridad se va enredando en los árboles con ritmo tan lánguido como implacable, la brisa se activa levemente, y la sonoridad de la naturaleza, el fragor de los bichos, se trasforma en largos y cavernarios acordes, en ecos remotos. En el anochecer de los lugares sin farolas, se estremece la tierra de melancolía y se nos recuerda el regreso a casa.
Viajé en coche a través de aquella luz misteriosa, mirando con avidez por la ventanilla mientras escuchaba la escena campestre de la Fantástica de Berlioz, el redoble de la tormenta lejana. Y tuve una vivísima sensación de familiaridad con todo el territorio circundante, con el instante mismo de extinción lumínica, como si hubiese recordado de repente que aquello lo había vivido mil veces. La sagrada montaña, los escabrosos muros de las fincas, los robles solitarios y retorcidos parecían la esencia misma de mi vida, es decir, de todos los tiempos. Me pareció encontrar en todo aquello el seno materno, que es el refugio al que simbólicamente se dirigen todos aquéllos que tienen miedo de la vida. El lugar y los objetos alrededor se habían convertido precisamente en aquel escondite amurallado tantas veces soñado y recordado.
Así de simple ha sido el gran momento de mi vida, así de breve e insignificante. No una espectacular conquista o una entrada triunfal; sino un fuera de juego, la celebración solitaria de lo más anodino, de lo que nadie ha visto. Frente a la vida y la sed de sangre, la huída, la ocultación y la muerte. Mis mejores recuerdos reproducen el mezquino ideal del escondite, producto de un espejismo que se desvanece al pasarse el verano y cerrarse la noche.
Imagen: Agurdión.
14 de setembro de 2008
El escondite
Lo que me gustaba de aquel lugar era que estaba aislado, marginado de la Red de Carreteras del Estado, escondido bajo una enorme campana de cristal impenetrada por el Sistema de Coordenadas Universal Transversal de Mercator. Allí el tiempo fluctuaba cíclicamente, pero no avanzaba. Oscilaba como el mercurio de un termómetro, y se medía en colores, en fragancias, en ecos.
Era un jardín cerrado, un microcosmos amurallado de espejos en cada confín y custodiado por recios robles de mirada terrible. Frente a ellos, la cartesiana malla del océano exterior lamía con ímpetu la ribera y luego se retiraba temerosa, dejando un espumoso surco de saliva. Con tan sutiles defensas, el lugar estaba a resguardo de los ominosos acontecimientos planetarios, de las desgracias multitudinarias, de las "amenazas globales", reales o inventadas, pues cualquier "fin del mundo" sólo podía referirse al de otro mundo.
En aquella comarca remota había a su vez infinidad de escondites, y dentro de ellos había otros tantos, como en una muñeca rusa. En lo más pequeño de la escala, la sensación de apartamiento resultaba embriagadora. En un claro soleado del bosque donde crecía verde la hierba, sobre la cual se erguía una peña desnuda, a cuyos pies burbujeaba una fuente y se retorcían dos tritones amarillos, los recuerdos del macrobotellón, de las gloriosas cumbres de Manhattan, del Gran Colisionador de Hadrones, parecían producto de la imaginación.
En algún misterioso lugar del camino por el que se llegaba a la comarca, se aflojaban y desprendían los anclajes con el presente de la vida y de la Historia, con los dolores del aquí y ahora. Las imágenes emblemáticas de nuestro tiempo se iban marchitas flotando en el viento, se esparcían arrugadas por el bosque, se despachurraban bajo el cuerpo de un zorro dormido.
Imagen: Franz Marc, Zorro azul y negro (1911)

