Uno mismo es también un poco Otro, en la medida en que no nos basta estar aquí dentro para conocer lo que somos. Sólo con la práctica podemos sospechar cuáles van a ser nuestras reacciones y nuestras emociones ante una circunstancia futura. Sólo podemos dar una definición de nosotros mirando hacia el pasado, pero ni el presente ni el futuro nos dicen gran cosa.
Cuando tenemos práctica, no tememos a las emociones. Toda tristeza tiene entonces un poso cómico, por previsible; mientras que toda alegría conlleva cierta melancolía. En las tormentas del alma, subsiste la sospecha de que el tiempo, de una forma u otra, acabará pasando, y de que tendremos una nueva oportunidad de ver el cielo. Otra vez al sol, sentimos la lánguida emoción del guerrero victorioso, superviviente, y nos cogemos una buena borrachera, e imaginamos que el tiempo ha dejado de contar…
8 de xullo de 2008
Postcoitum
31 de maio de 2008
El apareamiento: viceversa
«La lujuria, entendida fuera de todo concepto moral y como elemento esencial de dinamismo de la vida, es una fuerza. Para una estirpe fuerte, la lujuria, al igual que el orgullo, no es un pecado capital. Al igual que el orgullo, la lujuria es una virtud estimulante, un fuego del que se nutren las energías.
(…)
Un ser fuerte debe realizar todas sus posibilidades carnales y espirituales. La lujuria es un tributo a los conquistadores. Tras una batalla en la que han muerto hombres, es normal que los victoriosos, seleccionados por la guerra, se vean impelidos, en la tierra conquistada, hasta el estupro para recrear la vida. Después de las batallas, los soldados aman la voluptuosidad, en la que se relajan, para renovarse, las energías en continuo asalto.
(…)
La lujuria estimula las energías y desencadena las fuerzas. Ella empujaba implacablemente a los hombres primitivos a la victoria, por el orgullo de llevar a la mujer los trofeos de los vencidos. Ella empuja hoy a los grandes hombres de negocios que gobiernan la banca, la prensa y los tráficos internacionales a multiplicar el oro, creando núcleos, utilizando energías, exaltando a las multitudes para adornar, enriquecer y magnificar el objeto de su lujuria.
Estos hombres, sobrecargados de obligaciones pero fuertes, encuentran tiempo para la lujuria, motor principal de sus acciones y de las consiguientes reacciones que repercuten sobre una pluralidad de gentes y de mundos.
(…)
Para los héroes, para los creadores espirituales, para los dominadores de cualquier campo, la lujuria es la exaltación magnífica de su fuerza: para todo ser, es una motivación a superarse, con el simple intento de emerger, de ser notado, de ser escogido, de ser elegido.
(…)
¡Destruyamos las siniestras baratijas románticas, las margaritas deshojadas, los dúos bajo la luna, los falsos pudores hipócritas! Que los seres aproximados por una atracción física, en lugar de hablar exclusivamente de sus frágiles corazones, osen expresar sus deseos, las preferencias de sus cuerpos, pregustando las posibilidades de gozo o de ilusión de su futura unión carnal.
(…)
La lujuria es una fuerza porque afina el espíritu purificando con el fuego las turbulencias de la carne. De una carne sana y fuerte, purificada por las caricias, el espíritu mana lúcido y claro. Sólo los débiles y los enfermos se engatusan y envilecen con ella.
La lujuria es una fuerza, porque mata a los débiles y exalta a los fuertes, favoreciendo la selección.
La lujuria es una fuerza, por último, porque no conduce nunca a la miseria de las cosas seguras y definitivas, prodigada por la tranquilizante sentimentalidad. La lujuria es una perpetua batalla nunca del todo ganada. Tras el triunfo pasajero, en el mismo efímero triunfo, aparece la renacida insatisfacción que, en una voluntad orgiástica, empuja al ser a abrirse, a superarse.
La lujuria es para el cuerpo lo que el ideal es para el espíritu: la magnífica quimera, eternamente abrazada y nunca capturada, la que los seres jóvenes y ávidos, de ella embriagados, persiguen sin tregua.
La lujuria es una fuerza.»
París, 11 de enero de 1913. [texto íntegro]
Imagen: Miguel Ángel, Victoria (1532-34)
17 de maio de 2008
El apareamiento
El sexo, el echar un polvo, es sólo un suceso. Un suceso como los del periódico: “cae un rayo en un establo y mata a 25 vacas”. Es decir, un hecho circunstancial, fortuito y ajeno a nosotros. Es la playa que alcanzamos tras la tempestad, abrazados a un madero, a merced de las corrientes marinas y de la hidrodinámica del pecio.
Llegar (o no llegar) a los labios de cualquiera en plena noche es como un accidente de tráfico; es alcanzar, con la pasividad de una ramita, la desembocadura del río. Es encontrarse en la acera un billete de veinte, o recibir el impacto de una teja en un día de viento. Es decir, no es para nosotros, sino para cualquiera con la corriente y el madero adecuados.
En el sexo, muchos hablan de un tercero. Muchos hablan de una especie de objeto delicado, como una lamparita que les flota en el cogote, y que así como se enciende, así se apaga o se rompe un buen día. “No funciona”, dicen, o “se ha ido”, o “lo has estropeado”. Caemos entonces atemorizados ante los pedacitos de cristal vacíos de luz. Y nos decidimos a creer que aún podremos sobrevivir mientras quedemos dos, ella y yo. Pero olvidamos que el sexo nunca fuimos nosotros, sino el alcohol, las lunas y el olor de las estaciones.
Imagen: Caspar David Friedrich, Bahía y naufragio a la luz de la luna (1825-30)
26 de abril de 2008
Feedback
Llego a un pabellón gigantesco, abajo una llanura de mármol llena de gente y de colores, arriba un inmenso cielo oxidado, y comienzo a rastrear las miradas con la esperanza de dar con unos ojos familiares. Ella está aquí en alguna parte, buscándome entre el tumulto para decirme adiós. Pero no hay deseo, por compartido que sea, que pueda doblegar las leyes de la física.
La megafonía anuncia la inminente partida de su tren. La máquina es una muralla inmensa que, afilada como un cuchillo diamantino, quiebra de un lado a otro la estación. Voy hacia el andén frenético, aterrorizado, batiendo el espacio en todas las direcciones. Pero el oleaje humano se agolpa y rebulle frente a la máquina, hasta quedarse poco después el andén vacío.
Vuelvo la vista atrás, contemplo la enorme llanura inhóspita. Nadie. Tan sólo en las alturas la mujer de un anuncio me mira ferozmente, como si me conociese. Y por un instante, sueño que ella es la persona que busco y que suya es la voz dulce y amorosa: “por su seguridad, mantenga vigiladas sus pertenencias en todo momento”.
Contemplo ahora el tren interminable, sus vertiginosas líneas de fuga de uno a otro confín de la estación. Busco el anhelado rostro en las ventanillas del tren, pero sus tintados cristales tan sólo me devuelven mi propia imagen. Pienso que tal vez ella me esté viendo en este instante, pero eso no me sirve de nada; sólo me hace sufrir. Echo a andar a la par del tren esperando un milagro.
Se ilumina el tren y se pliegan sus puertas. Empieza a moverse lentamente. Me acerco a él hasta casi tocarlo y me sumerjo en su tibio aliento. Tan cerca, me doy cuenta de que puedo ver vagas sombras de los pasajeros a través del cristal. Pegadita a él me la encuentro, mirando al infinito. De repente, sus ojos se iluminan y sonríe. La mirada queda complacida durante un segundo porque alguien, allá al fondo, la envía de vuelta. Después, el tren se hunde centelleando en el oscuro agujero de la tierra.
[Ver también: Feedback, en Historias Eléctricas]
5 de abril de 2008
La primavera (II)
En el silencio de una noche de insomnio, temerosos y tiritantes, podemos escucharnos por un momento a nosotros mismos. Si estamos atentos, podemos oír en las paredes y resolver el misterio de nuestra vida. En ese preciso momento, todo lo que existe en el mundo se reduce a nosotros, al hormiguero de sensaciones que nos repican en la piel, en la boca, en los oídos; a la sangre que nos irriga cada músculo, cada pensamiento. Como si fuese un pedal cavernario, podemos escuchar el furioso redoble de la carne, el atronador acorde de nuestra simple existencia.
Imagen: momia peruana. Se cree que esta figura, mostrada en 1889 en la Exposición Universal de París, pudo servir de inspiración a Edvard Munch para la realización de El grito (1893).

