Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

20 de maio de 2009

Bailar con los lobos

Irónicamente, las personas que más nos importan en la vida suelen ser aquéllas con las que no nos hemos acostado nunca. Por el contrario, muchas de las que entran en nuestra cama son efímeras, coyunturales, y acaban desplazadas a un lugar periférico de nuestra memoria, algunas veces por repulsión, otras simplemente por indiferencia.

Ésta debe de ser la razón por la que, para llegar a cosas tan íntimas, existe quien prefiere antes lo siniestro que lo evidente, antes lo terrorífico que lo amable, antes bailar con los lobos que con los corderos. Me pregunto entonces si esas personas no entienden el sexo como cierta expresión de desprecio.

Imagen: Andrea Alciato, Emblemas. Ilustración del emblema CLIV, Leiden (1591).

27 de abril de 2009

Color #2: gris plomo

El gris plomo es el color más sombrío, porque es el color del mundo cuando el sol acaba de ponerse y es domingo y mañana hay cole. Es el color de la resaca, de la hipotensión y del desmayo. Es el color de lo que no tiene color, de lo que no huele a nada. Su mayor intensidad la alcanza en la hora de meterse en cama, cuando el silencio es tan grande que hasta se oye el corazón en los oídos, y las sábanas están frías.

El gris plomo es el color del cielo cuando es más pequeño, cuando ha desaparecido bajo un manto uniforme de nubes; es el color de la niebla, el color de la noche cerrada. Provoca una sensación de intensa realidad, como el pinchazo de una aguja; inhibe el ensueño y la imaginación, inflamando la presencia de los objetos inmediatos, que se aparecen tan sólidos como insulsos. Su acústica corresponde a la de los días de lluvia, a la de los trasteros, donde el mundo queda ensordecido y uno sólo se oye a sí mismo.

El gris plomo es el color del tiempo que se agota, que marcha redoblando hacia atrás; es el color del futuro incierto y del miedo.


Fotografía: Agurdión

5 de abril de 2009

La casa

El agujero: era una muesca cóncava en el centro del umbral de piedra, por donde el lobo metía la patita pintada de blanco. Siempre que yo entraba en la casa, me detenía mirando aquella extraña forma, maravillado por la casualidad que la había colocado justo en aquel lugar.

Las culebras:
salían de repente de entre la hierba seca que se apilaba en el zaguán, junto al establo, y ondulaban por el pavimento, barridas por una escoba de retama hacia el agujero del umbral.


Una gran cabeza astada:
asomaba en el ventanuco del pesebre, como expuesta en un escaparate, y comía entre ruidosos bufidos
tréboles y largas briznas, la lengua morada, la nariz húmeda y la frente dura como el mascarón de proa de un barco.

El piso de arriba:
se estremecía con las embestidas del ganado, que por veces levantaba la cabeza más de la cuenta. Cada impacto se propagaba como un redoble por todo el entablado, e iba animando gemidos y tintineos en los objetos.


El reloj de pie:
tenía un péndulo abollado de color dorado, una clavija para dar cuerda y, según mi padre, un peligroso mecanismo en tensión que, si se manipulaba, podía dispararse como una ballesta. Custodiaba la entrada a un pasillo lleno de armarios donde, como en la caja de una guitarra, reverberaban los segundos.


El moribundo:
había sido un hombre infame, y ahora moría solo en aquella habitación, al fondo del pasillo. Yo fui a visitarlo en secreto, picado por la curiosidad, porque quería saber cómo era la muerte. Lo encontré allí, tendido en su cama, respirando ruidosamente, iluminado por la ventana que daba al campo de los manzanos. Y me vio; se percató de que yo lo miraba como si sólo fuese un objeto asombroso, como si fuese una culebra retorciéndose al sol. Recuerdo nítidamente aquella escena y el tétrico espacio alrededor: colgado en la pared, un gran reloj de madera sin agujas; en el otro extremo de la habitación, una cama vacía, sólo con un gran somier de horribles alambres oxidados. Tuve miedo y me fui corriendo.


El desván:
se accedía al bajocubierta por una escalera muy deteriorada que se escondía tras un armario del pasillo. El lugar estaba tenuemente iluminado durante el día, cuando la luz del sol se filtraba por entre la pizarra del tejado. Allí había mucho polvo y muchas cosas viejas. Lo más impresionante era una tremenda colección de cabeceros de cama. Estaban apoyados los unos sobre los otros, todos recios, enormes y petulantes, cada uno en su forma y estilo, aquí y allí volutas, listones y pináculos. Y todos estaban enterrados bajo el mismo polvo ceniciento.

*Imagen: Caspar David Friedrich, Vista desde la ventana derecha del estudio (1805-06)

25 de marzo de 2009

Conjuntivitis alérgica

No será nada nueva la analogía, y mucho menos tiene valor científico alguno. Pero una y otra vez he pensado últimamente en lo mucho que se parecen los dolores del alma (o, por no usar un apelativo tan estirado, el sufrimiento psicológico de la raíz que sea) a las heridas y enfermedades superficiales de la carne.

Tengo un extraño enrojecimiento a la altura de la tibia, en la pierna derecha, que varía cíclicamente de intensidad, unas veces hasta desaparecer, y otras hasta descamarse. Sea lo que sea, los motivos por los que un día pica y otro se calma no parecen estar ahí fuera, sino aquí dentro, en mi propio cuerpo.

Del mismo modo, la tristeza a veces me asalta desde dentro de la muralla, como si hubiese estado oculta en un caballo de Troya, mientras constato que nada hay fuera que me amenace. Entonces, toda mi conciencia se repliega inflamada en torno a la herida, como un cuerpo amoratado y febril por causa de una miserable muela, y siento una gran invalidez. Sin saber cómo, sin que suceda nada, un día la inflamación remite.

Ésa es la gran paradoja: cuando la tristeza sólo está en mí mismo, siento la obligación de controlarla, porque es mía, porque no dependo de terceros. Sin embargo, no es más fácil que si estuviese claramente fuera, en manos de un tercero. Si la ansiedad, la tristeza o el miedo estuviesen provocadas, pongamos por caso, por un desconocido que se dedica a intimidarme, quizá estuviese a su merced; pero lo extraño es que lo esté cuando la cosa depende de mí, cuando está en mis manos...

La conclusión es absolutamente lógica: el cuerpo también
me es ajeno en muchos sentidos, no me pertenece, va por libre, como el desconocido que se dedica a intimidarme. El cuerpo, y con él la mente, realizan constantemente un sinfín de tareas que se encuentran fuera de mi control. Cada una de las palpitaciones de mi corazón me es tan ajena como una cigüeña poniendo un huevo en aquel campanario, es decir, es objeto y no sujeto.

Del mismo modo que mi extensión orgánica se me aparece como un objeto más del mundo, sometida al capricho de insondables fluidos, también los pensamientos me acometen desde fuera. Los dolorosos me llegan como una pedrada, como una crisis alérgica, como un apéndice que se ha inflamado y asfixia a la conciencia; los placenteros llegan como un sueño, o como un beso. Y todos ellos están ahí fuera; llegan de improviso, se apoderan de mí y luego se van.

Imagen: Joan Miró, El beso (1924)
Entradas relacionadas: Horizontes; Conjuntivitis alérgica (II)

8 de marzo de 2009

Elogio del recuerdo

«Esa dicha de la contemplación sin volición es finalmente la que dota de un encanto singular a lo pasado y lo lejano, y por medio de un autoengaño nos los presenta revestidos de una luz tan embellecedora. Al recordar los días de un pasado lejano vividos en un lugar distante, son sólo los objetos lo que nuestra fantasía evoca, y no el sujeto de la voluntad, que, entonces como ahora, llevaba consigo sus penas incurables; pero éstas están olvidadas, pues desde entonces ya han dejado lugar a otras. La contemplación objetiva actúa en el recuerdo como actuaría en las cosas del presente si nos propusiéramos entregarnos a ellas libres de la voluntad. Ésta es la razón de que, especialmente cuando alguna necesidad nos inquieta más de lo habitual, el recuerdo repentino de escenas del pasado y de lo lejano se nos aparezca como un paraíso perdido.(...)»

Arthur Schopenhauer,
El mundo como voluntad y representación

Madrid: Akal, 2005

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