Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

30 de xuño de 2012

El señor de la casa (I)

En cierto modo, el tío Zacarías era el señor de la casa. No ostentaba para ello ningún título, pero en la práctica se había convertido en el patrón de la hacienda. Había alcanzado aquella posición tras una larga y no del todo consciente maniobra que lo había llevado, cerca del final de su vida, a reinar sobre una población ya escasa y compuesta casi siempre de mujeres solteras como él, sus hermanas, las cuales carecían de toda ambición de ocupar su puesto.

La vida de este hombre, sin embargo, estaba lejos de corresponder a sus deseos. No era que le disgustase ser el único de cinco hermanos varones que había apostado por trabajar la tierra; antes bien, se enorgullecía de una forma un tanto febril y martirial de ser el único de todos ellos que había consagrado su sudor a la casa de sus antepasados. El problema de aquel hombre partía del hecho de que su padre, el anterior patriarca, le había negado la herencia de la casa en favor de uno de sus hermanos urbanita y negociante. Y no sólo porque éste estaba mejor dotado para la gestión inmobiliaria, al margen de su nulo contacto con el terruño, sino sobre todo porque el solterón de Zacarías, aparte de parecer demasiado ansioso de la propiedad, no garantizaba la continuidad familiar.

El resultado fue demoledor: el que había sido considerado el más guapo y en cierto sentido prometedor de los hermanos se quedó anclado en el resentimiento y la pérdida, y el resto de su vida ya no le ofreció más que una rápida degradación moral y física en la que intervinieron a partes iguales el duro trabajo del campo y la incansable ingesta de vino peleón.

Unos doce años coincidió mi vida con la de aquel hombre, tiempo suficiente para formarme de él una imagen temible. No podía verlo entonces como un cascarrabias, porque esa palabra implica una cierta condescendencia o menosprecio hacia la persona en cuestión o sus problemas. Se trataba más bien de miedo, puro y simple, hacia un personaje autoritario, uniformemente malhumorado y sombrío, que encarnaba la naturaleza del lobo en aquel dominio y cuya larga y penosa muerte se apareció al final como un previsto colofón revestido de justicia divina.

Visto desde ahora, lo que aparentaba un lobo se revela como un perro trastornado por el sufrimiento: aquella fiereza y aquellas blasfemias que periódicamente se descolgaban resonando por los campos carecían de la gratuidad con que la maldad se presenta en los cuentos, y una vez convertidas en imágenes puras, en recuerdos que ya no infunden miedo, iluminan buena parte de sus conexiones lógicas: allí los visitantes éramos intrusos.

De las formas de intrusión éramos responsables principalmente mi hermano y yo, aunque la mayoría de las veces habría que imputar a mi padre su autoría intelectual, pues era quien solía inspirarnos los gestos y actividades con que inocentemente gastábamos el día. No es que Zacarías fuese una máquina, un adicto al trabajo, un incansable vigilante de los tiempos y de la perfección en los resultados; mucho peor, es que parecía infinitamente cansado, carente de toda pasión o eficiencia, un lánguido autómata mentalmente obcecado en las faenas agrícolas y oprimido por la obligación de mantener su feudo. Y al lado de este sacrificio, de esta feroz mortificación, nuestras actitudes tomaban forma de puro pitorreo. [sigue aquí]

15 de xuño de 2012

Reinicio

De ninguna manera planeaba extinguir aquí este blog. El día 31 de enero tenía casi terminado un post más con el que pretendía cumplir con la norma autoimpuesta de publicar algo dos veces al mes, algo que no sucede de forma automática o por inercia, sino tras un cierto nivel de forcejeo y de coacción de uno mismo. Esta vez no es que fallase la coacción; sencillamente se cruzaron algunas obligaciones y otros imprevistos de poca importancia que ocuparon el tiempo necesario. Se pasó el día y, después, la motivación de llevar las cuentas en orden dejó de hacer efecto. Una vez perdido el paso, no me importa perderlo poco o mucho, ya puedo relajarme y respirar tranquilo, total el tren ya se ha ido.

Aunque al principio me da rabia, a los pocos días me parece sentir esa liberación que me prometen quienes me aconsejan una actitud despreocupada con la vida: me pregunto qué sentido tiene que me esfuerce en escribir en mi tiempo libre cuando a todas luces escribir (ordenar ideas y calzarles palabras) me rompe la cabeza, me tortura y me harta como pocas cosas, y bien podría confinarlo sólo al ámbito del trabajo. Entonces, la vida feliz se me aparece como algo evidente y natural ante la vista: se trata de la simple actividad de mirar y de sentir lo inmediato, sin la menor aspiración de documentarlo ni de comunicarlo. Ese fino rayo de sol que atraviesa el vidrio de una ventana iluminando todas las motas de polvo a su paso y proyectándolas, como un cinematógrafo, todo a lo largo de la superficie de baldosas de un pasillo, es un acontecimiento que polariza toda la atención como si fuese una rendija de cielo en la gruta más abisal y oscura, y en esa rendija parece que cabe un universo entero.

En ese momento, es un desperdicio dirigir todo el esfuerzo a apropiarse de esa rendija, como si existiese algún espacio, objeto o sentimiento que pudiese pertenecerme para siempre. No hay nada que pueda hacer cuando el rayo de sol me alcanza con el ángulo adecuado, y por lo tanto hay que desprenderse de la grave opresión, de la ansiedad que se desata en el finísimo instante en que todo se aparece ideal. El suave eco, la armonía de la luz y sus reflejos, el olor a tierra húmeda, la montaña y todas las cosas trepando por ella no hay cámara que la capte. No hay que ponerse en guardia ni que salir en zafarrancho; no hay que sacar la cámara, ni anotarlo en ninguna parte, ni angustiarse por carecer en ese momento de la herramienta o de la palabra adecuada para su registro. Toda ansiedad por documentar el momento se basa en dos vanas esperanzas:

1) que la felicidad puede atraparse y revivirse en un documento, y que puede transmitirse a otros vía fotográfica, pictórica o literaria.

2) que es posible demostrar que los escenarios de la felicidad, aunque subjetivos, existen en un presente, al amparo de los sentidos, y no son necesariamente un artificio de la memoria.

Para lo primero es imprescindible una labor de reproducción y transmisión fiel de la fuente, delegando al cabo en el objeto (la imagen, el olor, el sonido) la tarea de suscitar el sentimiento; para lo segundo, es necesario levantar acta de dicho sentimiento en cada presente digno de mención, para estar luego en disposición de ofrecer las pruebas que avalen la lucidez de la experiencia y la ausencia de recreación a posteriori. Esta acción pone énfasis en el registro con fecha y hora de la emoción en sí, reivindicando la felicidad como estado posible y plenamente consciente, resultado de una experiencia singular e intransferible.

Sin embargo, lo primero se revela completamente inútil por cuanto que la descripción del fenómeno es una actividad concienzuda y ardua que ocupa el tiempo que corresponde a su disfrute mismo. Y aún siendo posible su descripción fiel, ésta no transporta emociones siquiera parecidas para todo el mundo. Esto desaconseja dar publicidad al objeto amado, portador de mensajes ambiguos, irrelevante y carente de todo tipo de valor demostrativo de la belleza. Otra cosa sería defender el valor subjetivo de la belleza, levantando acta no de la fuente sino de las consecuencias que provoca: la descripción de la propia emoción, pero sin olvidar registrar la hora del suceso, su duración, el lugar en que se produjo, las condiciones atmosféricas y los síntomas externos visibles y demostrables, tales como lagrimeo, sudoración, temblores, taquicardia, etc. Sin embargo, éste también se revela como un método de resultados caprichosos, donde lo de menos es la credibilidad o la autenticidad de la vivencia, al igual que las pruebas del amor suelen ser indiferentes a su comprensión por los demás, cuando no un motivo para troncharse de risa.

Por lo tanto, es aconsejable terminar este post defendiendo el instante de la felicidad como espacio cerrado y completo en sí mismo, libre de todo vasallaje a voluntades ajenas. Pero sin querer he vuelto a subirme al tren, así que ahora toca apretar los puños y reconocer que también uno tiene la imperiosa necesidad de enterrar a sus muertos que están sin sepultura. Y, mientras sea posible, coronarlos con un discreto monumento junto al camino para que, en lo que tarde en ser devorado por la urbe, pueda provocar en alguien un pequeño destello de emoción y respeto que ilumine sus propios recuerdos. Y esto es lo que viene a continuación.

Caspar David Friedrich, Valle de rocas o La tumba de Arminio (1813-14)

16 de xaneiro de 2012

Residuos

En honor a la verdad, hay que matizar que no todo era aire y hierba fresca en el escondite, pues si había alguna materia que caracterizase su esencia misma, era todo aquello relacionado con los despojos y excrementos, es decir, con la mierda. Y es que, desde la misma cocina de la casa, plagada verano e invierno de las moscas de los establos, hasta los cierres boscosos de los campos, la mierda inundaba la vista y el olfato.

Todo ello para conformar, en estrecha alianza con el telón de árboles y con las tupidas selvas de ortigas, el frente defensivo de aquel reducto, el muro que presionaba contra la inexorable plaga del progreso y adelantamiento de los pueblos, al igual que el frío y el temporal protegen la belleza de las playas del más profundo norte contra la nefasta llegada de los turistas y los hoteles y, en general, contra la demoledora capacidad reproductiva del homo sapiens.

Yo siempre recuerdo la montaña de estiércol, allí frente a la puerta de entrada, como uno de los elementos distintivos de aquel patio, y dada la superficie que ocupaba no fueron pocas las veces que la transité como si fuese de arena. Salía todo aquel material de los establos, que ocupaban la mayor parte de la planta baja de la vivienda a la manera antigua, aportando calefacción a la planta alta durante el invierno e impregnando toda la casa de un olor característico, espeso, penetrante y hasta confortante en combinación con el de la madera, las castañas y el humo.

Lógicamente el ganado inundaba también de excrementos todos los campos alrededor, pero en esto se conjuntaba con los habitantes humanos que, bastante tiempo después de que las habitaciones con baño fuesen normales en los hoteles, todavía carecían de servicios dentro de la casa. El paisaje resultante incluía, por lo tanto, una serie de lugares personales, absolutamente íntimos e intransferibles, a los que últimamente se accedía con hojas de periódico y que tenían en común su situación en un lugar recóndito, sin tránsito y a la sombra.

Fue a finales de la década de 1970 cuando por fin se hizo el llamado saneamiento, habilitando un cuarto con los típicos aparatos sanitarios al fondo de la planta alta de la casa. Curiosamente, este nuevo servicio no resultó lo suficientemente atractivo para algunos de sus destinatarios, que siguieron aferrados a sus costumbres y a sus íntimos lugares, alguno de los cuales descubrí más de una vez con desagradable sorpresa, por culpa de mi inclinación -ya perdida- a investigar debajo del maíz o a través de los túneles entre las retamas. Con todo, tampoco fue aquel saneamiento lo que correspondería a un sistema lógico de gestión de residuos, puesto que se limitaba a recoger todos los desperdicios en un tubo grande y negro que salía de la casa por su parte oeste y se iba circulando por encima de la hierba, a través del campo de los manzanos, para finalmente vomitar todo su pestífero contenido a un tremedal bajo, lentamente infiltrado por las aguas de un regato.

Lo peor sin duda se lo llevaban las aguas de este regato, que pasado el prado se descolgaba con forma de cascada por un barranco lleno de maleza y se perdía de vista. En cierto modo, la mierda siempre se reaprovechaba o se reabsorbía dentro del sistema, como cualquier otro producto de aquel lugar. El problema llegó cuando los residuos empezaron a ser industriales, especialmente envases ligeros de plástico y lata. A falta de un sistema de recogida de basuras, el destino de los desperdicios siguió siendo esencialmente el mismo: el barranco de Aguas. Así que allí iban a parar las botellas de fanta, las cajas de galletas, los tambores de leche en polvo y hasta los de detergente. Recuerdo bien las veces en que fui o acompañé a tirar la basura, no por una acera hasta un contenedor amarillo, sino por aquel prado abajo en dirección al barranco, sin que nadie se preguntase siquiera si había algo equivocado en aquella acción, con la alegre y temeraria convicción de que aquel barro era capaz de digerirlo todo. Alcanzado el tupido barranco, se trataba de hacer un molinete con el brazo para arrojar la basura lo más lejos posible dentro de él, y en su caída la bolsa se descomponía desperdigando todo su contenido.


Imagen: en el centro, balsa de lodos tóxicos de la planta de Alcoa en San Cibrao, que supone el 30% del PIB de la provincia de Lugo. Foto de SIGPAC.

31 de decembro de 2011

Fantasmagoría

Amarillo cae sobre Aguas
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15 de decembro de 2011

Los últimos habitantes del escondite

Los últimos habitantes del escondite nunca fueron muy amigos míos, pero debo reconocerles su mérito en las horas finales de aquel lugar. Su fama se la ganaron al ser heroicamente los últimos en abandonar el barco, demostrándose los únicos preparados para ello. Y cuando ya no quedaba nadie, ellos aún se mantuvieron años allí, encarnando la esperanza de la rama verde en el árbol seco.

Aquel era todo un equipo, variable en número, de más de veinte gatos de todos los colores y tamaños, todos ásperos, rudos y esquivos, que pululaban por la casa sobre todo a la hora de las comidas. Entre ellos había figuras bien conocidas, miembros distinguidos por su color o porte, para los que existía un nombre e incluso una pequeña historia; otros en cambio eran del todo anónimos, bien porque pertenecían a esa familia de gatos grises sin otra singularidad, bien porque sólo se sumaban de pascuas en ramos. Con todo, ausencias y rotaciones eran de sobra compensadas por las nuevas camadas que periódicamente inundaban el pasillo y los establos.

Yo les guardaba a todos estos gatos abierto rencor, porque no se dejaban coger ni acariciar, porque no se comportaban como amorosas mascotas de salón, y apenas uno se acercaba a dos metros salían escopetados por cualquier rendija. Todo juego que con ellos podía establecerse era el de raspar el suelo delante de ellos con una ramita de retama, que los hipnotizaba como el paso de una culebra; y todo contacto venía después, cuando se abalanzaban sobre la ramita o sobre las manos que la movían con sus garras afiladas. Cuánto me arrepiento hoy de querer que fuesen de otra forma.

Una vez, con la ocasión de una de aquellas nuevas camadas, alguien tuvo la ocurrencia de que podía entregar uno de los diminutos y llorones gatitos como regalo a una chica de la ciudad. Y la emplazó tranquilamente a venir a recogerlo, como si esperase empaquetado y con un lazo. Toda la tarde estuvieron todas las gentes de la casa movilizadas para atrapar uno y, ya a punto de desistir, un último intento sirvió para arrinconar a uno de aquellos animalitos, que se marchó en una caja de cartón con una cara de terror inolvidable.

Los gatos se marcharon más tarde que todos los demás animales: más tarde que las vacas, por supuesto; y más tarde también que el gallo; incluso más tarde que Gris, que fue el primero que tomó las de Villadiego cuando ya no quedaba persona alguna en el lugar, mudándose a una aldea de la parroquia. En las visitas semanales que aún pudimos hacer durante un tiempo, los gatos siguieron fieles a su estilo: surgían inmediatamente de la maleza para colarse por entre las rendijas de los muros, como si viviesen misteriosamente agazapados en los desolados campos, y se arremolinaban en torno a la comida que les llevábamos, reanimando el aire estancado de la casa con sus colas tiesas y sus delicados maullidos.