En la orilla del Lete

... las palabras quieren ser un amuleto contra la caducidad de la memoria; antes una marca territorial que una herramienta de comunicación. Como en la visión total que, según dicen, antecede a la muerte, en la orilla del Lete los recuerdos de la vida entera se agitan por un instante antes de consumirse. Justo esta agitación se amuralla, se defiende y se intenta prolongar lo máximo posible.

7 de febrero de 2010

Los preparativos

MEMORIA REFERENTE A LA EDIFICACIÓN DE UNA FORTALEZA EN LA MARGEN IZQUIERDA DEL RÍO LETE, A LA ALTURA DEL PASO DE LAS ALMAS (extracto)

a) SITUACIÓN

La orilla izquierda del Lete por donde pasan las almas está conformada en su mayor parte por un arenal salpicado de piedras volcánicas y de abedules secos. Asomada al río, en un pequeño recodo, se levanta una gran roca balsáltica de aproximadamente 15 metros de altura y con la cima plana, apenas accesible a través de una rampa en su vertiente norte.

Hacia oriente prolifera la vegetación, primero en forma de arbustos, luego de bosques, y más allá está la tierra de los hombres con sus campos y ciudades. Hacia occidente está el río, oscuro e inmenso, cuya otra orilla apenas se divisa, porque está sumida en una niebla densa y lechosa que oculta el sol todas las tardes.

b) DIMENSIONES

En proyección, la actual finca tiene una superficie total de nueve mil trescientos cuarenta y seis metros cuadrados, de los cuales se segregarán mil setecientos veintiuno por quedar extramuros, quedando reducido el fundo a siete mil seiscientos veinticinco metros cuadrados entre líneas murales.

c) OBJETO Y MAGNITUD DE LA OBRA

Destinada la finca hasta el presente a acoger un campamento, el propietario trata de fortificarla para asegurar las funciones defensivas y, de paso, para dar mayor amplitud y comodidad a las funciones de vivienda. Se trata principalmente de dar respuesta a las amenazas llegadas periódicamente, no del negro río, sino de las profundidades de oriente, las cuales perturban la vida de la ribera, así como el normal tránsito de los peregrinos. Para ello, se prevé construir una fortaleza con arreglo a los planos adjuntos, disponiéndose una torre en lo alto de la roca, y a sus pies, cerrando el frente de tierra, una muralla de traza italiana con revellín exterior y foso.

d) SISTEMA DE CONSTRUCCIÓN

Se adoptarán muros de sillería de granito con núcleo de mampostería tanto en la torre como en la muralla, salvando en el revellín, cuyo relleno será de tierra, que absorbe con eficacia los impactos de artillería. La torre, de planta cuadrangular, presentará en sus tres lados al arenal muros macizos sólo abiertos puntualmente por aspilleras, y un remate almenado. La muralla del frente de tierra dispondrá de dos bastiones romboidales, cada cual con seis troneras para cañones. Adelantado entre ambos bastiones y con una altura inferior, el revellín contará con el mismo número de troneras.

El lado de la torre que mira al río, es decir, la fachada de la zona residencial, recibirá un tratamiento diferenciado del resto de la construcción: muros de fábrica de mampostería con luces, pilastras e impostas de sillería de granito; balcones con antepechos de hierro y galerías de madera; azotea con revestimiento y antepecho de zinc. En el interior, presentará techos con cielo-raso de barrotillo; tabiques de ladrillo o barrotillo, según su destino; suelos de cemento en la planta baja y de entramado de madera en los superiores, con revestimiento de cemento en los cuartos de limpieza y de mármol en los de baños y retretes.

Imagen: Pantalla de Heroes of Might and Magic III, New World Computing (1999)

23 de enero de 2010

Conjuntivitis alérgica (II)

Las cosas que están a nuestro alrededor tienen la capacidad de agredirnos o de provocarnos placer. La forma en que lo hacen, sin embargo, no depende sólo de la cosa en sí, sino de la materia de la que estamos compuestos, que unas veces es más resistente y otras más sensible. La gravedad con que algo nos golpea depende muchas veces de la forma en que recibimos el impacto. Se puede caer de un segundo piso de muchas maneras, algunas seguras y otras mortales.

Una hilera de pinos se alza junto a la carretera, y sólo uno de ellos aparece abatido tras el temporal. El mismo accidente permite salir a uno por su propio pie, y al otro lo mata en el acto. Porque cada cuerpo es distinto, y posee distinta resistencia al medio, así como diferente capacidad de restaurar las heridas. El veneno de las serpientes parece configurado para agredir; pero las flores sólo dañan a algunos. ¿Cómo puede el polen de la primavera -el verdor del bosque y de la hierba, el aire tibio y oloroso que regenera la vida- provocar tantas molestias? ¿Cómo puede el organismo particular interpretar como una agresión a los ojos aquello que la vista ama?

También la parte psicológica funciona como un órgano de carne y sangre, y posee en cada caso una distinta capacidad de absorción de los impactos del medio. El dolor no tiene que ver con el intelecto, lo mismo al romperse una pierna que al sufrir un disgusto. Pese a su apariencia ordenada y lógica, los pensamientos con que se intenta combatir el dolor son sólo una consecuencia equivalente al pus infecto de las heridas. Un disgusto no puede neutralizarse mediante la reflexión porque no existen razones contra él; todo pensamiento que se le oponga es en realidad una excrecencia del dolor mismo.

Un disgusto es, más que el hecho que lo desencadena, una brecha o un moratón en la carne de la mente, y por eso se cura -si es que se cura- a través de la espera, exactamente igual que un catarro. Esta curación no depende del objeto con que se produjo la lesión, sino de las capacidades del sujeto lesionado, y sólo en función de ellas la espera será más o menos larga y penosa. Al esguinzado le es irrelevante haber caído sobre hierba o sobre hormigón, pues intelectualizar ese factor no va a rebajar la gravedad de su lesión; igualmente, intentar racionalizar los motivos de la tristeza suele ser inútil, pues no suele ceñirse literalmente a los hechos, y no atiende a razones intelectuales, sino fisiológicas.

La tristeza está hecha de carne y sangre, lo mismo que el amor, las cosquillas o la gripe, y sólo la suerte de una sutil primavera, de un viento favorable, puede resucitar de nuevo la savia en el organismo.


Entradas relacionadas: Conjuntivitis alérgica; Horizontes

4 de enero de 2010

Gris

Gris era sobre todo un perro miedoso, un animal profundamente desconfiado y huidizo, que desde el día en que llegó, traído como todos en el maletero de un coche, rehuyó las caricias y el contacto con las personas. Nadie se lo tuvo en cuenta en aquella casa, pues al fin y al cabo todo lo que de un perro se pedía era que alertase de cualquiera que llegase al lugar.

La primera vez que vi a Gris, estaba metido en la casita del horno, agazapado con sus ojos negros entre cenizas viejas. Apenas me acerqué se revolvió aterrorizado, aullando, y se fue culebreando con su pequeño cuerpo por alguno de los agujeros de la pared. Recuerdo que fue decepcionante no encontrarme con un perro mimoso, con un juguete, como suponía que debían ser los perros, y más siendo cachorros.


Así que yo odié a aquel perro. No lo quería, porque no era un perro. Era un bicho huraño, estúpido, llorica. Mi padre sospechaba que era consecuencia del maltrato que debió de haber recibido en sus primeros días de vida, en las manos de tres hermanos expertos en dar de fumar a los sapos. Probablemente unos buenos petardazos lo habían dejado medio sordo, y explicarían el exagerado terror que le provocaba la pólvora de la feria. En todo caso, yo odiaba a aquel perro. Lo odiaba en parte por su terca memoria; por ser incapaz de digerir cualquier cosa que le hubiese sucedido, pese al paso de los días, de los meses, de los años.


Gris vivió en los últimos días de
Amarillo, y durante ese tiempo fue su sombra sigilosa, siempre temerosa, siempre varios metros por detrás. Cuando Amarillo escuchaba ladrar, allá en la aldea de Aguas, y subía a responder a lo alto de la viña, Gris lo observaba perplejo, celoso de su euforia y de su entusiasmo. Y cuando Amarillo se lanzaba corriendo al cenagoso abismo, Gris se daba la vuelta desalentado y desaparecía bajo algún matorral al que no llegaba el griterío de la guerra.

Gris murió mucho más tarde que Amarillo, en otro lugar, cuando ya no quedaba nadie. Murió de viejo, ciego, decrépito, lentamente consumido por el tiempo, mezclado con las cenizas viejas.


Imagen: Castelao, Perro acostado (1916-36)

21 de diciembre de 2009

La partida (anti-post)

El tribunal examinó el comportamiento de Lía, y de sus culpas dedujo sus castigos...

7 de diciembre de 2009

La advertencia

«Los enfermizos son el gran peligro del hombre: no los malvados, no los "animales de presa". Los de antemano lisiados, vencidos, destrozados -son ellos, son los más debiles quienes más socavan la vida entre los hombres, quienes más peligrosamente envenenan y ponen en entredicho nuestra confianza en la vida, en el hombre, en nosotros. ¿En qué lugar se podría escapar a ella, a esa mirada velada, que nos inspira una profunda tristeza, a esa mirada vuelta hacia atrás, propia de quien desde el comienzo en un engendro, mirada que delata el modo en que tal hombre se habla a sí mismo, -a esa mirada que es un sollozo? "¡Ojalá fuera yo otro cualquiera!, así solloza esa mirada: pero no hay ninguna esperanza. Soy el que soy: ¿cómo podría escaparme de mí mismo? Y, sin embargo, -¡estoy harto de mí!..." En este terreno del autodesprecio, auténtico terreno cenagoso, crece toda mala hierba, toda planta venenosa, y todo ello muy pequeño, muy escondido, muy honesto, muy dulzón. Aquí pululan los gusanos de los sentimientos de venganza y rencor; aquí el aire apesta a cosas secretas e inconfesables; aquí se teje permanentemente la red de la más malévola conjura, -la conjura de los que sufren contra los bien constituidos y victoriosos, aquí el aspecto del victorioso es odiado. ¡Y cuánta mendacidad para no reconocer que ese odio es odio! ¡Qué derroche de grandes palabras y actitudes afectadas, qué arte de la difamación justificada! Esas gentes mal constituidas: ¡qué noble elocuencia brota de sus labios! ¡Cuánta azucarada, viscosa, humilde entrega brota de sus ojos! ¿Qué quieren propiamente? Representar al menos la justicia, el amor, la sabiduría, la superioridad -¡tal es la ambición de esos "ínfimos", de esos enfermos!»

F. Nietzsche, La genealogía de la moral
Trad. de A. Sánchez Pascual
Madrid: Alianza, 2006