Na beira do Lete

... alampan os recordos todos, como brasas atizadas polo vento da morte.

15 de outubro de 2010

Deus ex machina

Los recuerdos son, desde el principio, el combustible de este blog. El ejercicio de una vida que mira hacia atrás para coger fuerzas, porque recela de la incertidumbre y del salto al vacío. Pero, sobre todo, la experiencia de un presente que se mira con la intuición de saber lo que va a ser para siempre recordado, porque se aparece milagrosamente ritmado y cargado de sentido. Como una baliza para la que siempre hay espacio en el cerebro, porque ya estaba allí.

Éste es el presente que no pulsa sobre la nada, que no se descuelga indistinto por el agujero del tiempo, sino que pasa arañando la carne más sensible para prolongar la rama principal de la vida, para añadir un nuevo capítulo a la trama principal. Un amplio y despejado trecho de camino se desvela bajo el sol, como si de las vagas y amorfas sonoridades de la orquesta emergiese de nuevo, más potente que nunca, el tema del protagonista.


Fotografía: marca de sendero, O Courel.

19 de setembro de 2010

El sol

El sol se presentaba siempre a las cinco en punto de la tarde, entraba por la reja con sus largas serpentinas doradas y dulcemente iba derramándose en el oscuro rincón de Lucía, proyectando sobre las paredes, como un cinematógrafo, la maravillosa danza del polvo flotante.

A la esperada hora de salir al patio, el sol se presentaba como una fuerza liberadora que iba desenredando las frías correas del miedo, deslizándose con su cálido abrazo sobre la piel amoratada de los brazos y del cuello.

Lucía salía la última, a paso lento; cerraba los ojos, aún jóvenes, y dejaba que la luz cegadora le atravesase los párpados, como si no hubiese más, y entonces el radiante torrente se desbordaba por los rincones de su cerebro, encendía de pronto todos sus recuerdos como un árbol de navidad y el mundo se tornaba una miríada de imágenes.

En lo que duraba, el sol era el mundo entero y era la vida; pero al poco las pupilas se contraían y la vista se acostumbraba para enfocar de nuevo el ominoso edificio de la cárcel y su oscura puerta de retorno.

Imagen: abadía de Fontenay (Borgoña), vista de la nave central de la iglesia hacia el testero. Fotografía de Sacred Destinations.

23 de xuño de 2010

Fuego

El fuego de la cocina: siempre estaba encendido. En invierno, los habitantes de la casa se quedaban dormidos a su alrededor con la cabeza apoyada entre los brazos. A mí me gustaba sentarme delante del cálido soplo para jugar a ver cómo ardía una ramita. No tardaba en reñirme alguien por tener abierta la portilla de la leña, pero yo siempre volvía a abrirla para quedarme absorto frente a la hipnótica llama.

El fuego del pasillo: aparecía cuando llegaba el frío, justo al salir de la cocina, plantado sobre el negro pavimento de la estancia que comunicaba con el zaguán, los establos, la bodega y la despensa. Su densa humareda lo inundaba todo, impregnaba los alimentos arriba suspendidos y luego se filtraba lentamente por las rendijas del tejado. En aquel suelo se mezclaban montones de paja, escobas de retama y arcones de madera; en las paredes, una colección de herraduras coronaba las ventanas de los pesebres. Aquel fuego ardía como si nadie le prestase atención, pero nunca provocaba un incendio.


El fuego del horno: no se dedicaba precisamente a cocer pan, pues ardía en el centro de la única habitación de la casita, rodeado igualmente por un montón de trastos ahumados. Aquél era el fuego de uno de los habitantes de la casa, que prefería tener el suyo propio, pues el de la cocina le resultaba demasiado transitado. Con la puerta abierta para aliviar el humo, allí se recluía normalmente con uno de sus mejores amigos, de carácter similar al suyo: el perro Gris, que prácticamente había nacido de aquellas cenizas.


El fuego de un lugar de la viña: no fue un fuego ordinario, como eran los demás, pues solamente se encendió una vez, en primavera, por el capricho de experimentar si, como decía mi padre, servían las señales de humo para comunicarnos. Para aquella hoguera usamos una piña, ramitas muy pequeñas y una hoja de periódico, y la situamos detrás del caseto de la antigua viña, en una zona de hierba muy verde que favoreció que brotase el humo. Terminada la experiencia, apagamos religiosamente los restos con una meada.


El fuego del huerto: fue una gran hoguera encendida a principios de verano, unos días después de la muerte de uno de los habitantes de la casa. En ella se emplearon como combustible las prendas, las toallas, las sábanas y hasta el colchón de lana del difunto. Se instaló en una zona abandonada de huerto, en la hondonada del lado oriental de la casa, desde donde el edificio adquiría una apariencia enorme, monumental, que acentuaba la vejez y aspereza de los muros de piedra y el hermetismo de su rostro de pequeñas y escasas ventanas. Los habitantes de la casa bajaron como hormigas por la pendiente portando los materiales de la pira, que se desarrolló en silencio y que arrojó una de las humaredas más negras que recuerdo.

Imagen: hoguera, Suecia (fotografía de David Castor)

13 de xuño de 2010

Dispepsia

«Cerrar de vez en cuando las puertas y ventanas de la conciencia; no ser molestados por el ruido y la lucha con que nuestro mundo subterráneo de órganos serviciales desarrolla su colaboración y oposición; un poco de silencio, un poco de tabula rasa de la conciencia, a fin de que de nuevo haya sitio para lo nuevo, y sobre todo para las funciones y funcionarios más nobles, para el gobernar, el prever, el predeterminar (pues nuestro organismo está estructurado de manera oligárquica) éste es el beneficio de la activa, como hemos dicho, capacidad de olvido, una guardiana de la puerta, por así decirlo, una mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la etiqueta: con lo cual resulta visible en seguida que sin capacidad de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad, ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente. El hombre en que ese aparato de inhibición se halla deteriorado y deja de funcionar es comparable a un dispéptico (y no sólo comparable), ese hombre no "digiere" íntegramente nada...»


Texto: F. Nietzsche, La genealogía de la moral
Trad. de A. Sánchez Pascual Madrid: Alianza, 2006
Imagen: anuncio de prensa, 1916

23 de maio de 2010

Sinestesia

El presente en sí suele carecer para mí de emoción y de sentimiento. El presente por sí solo es una marea de estímulos que repican en la piel y en la retina. Toda emoción estriba en el recuerdo, en virtud del cual las sensaciones fluyen de un sentido a otro hasta derivar en una experiencia de orden sentimental.

El olfato me parece el sentido de la memoria, el lugar por el que se filtran las sensaciones que llegan al alma. Todo pasa por la nariz antes de que importe, porque a través de ella queda ligado con todos los tiempos. En cambio, la vista me parece el sentido del presente, el de menor capacidad evocadora, tanto más cuanto más nítidas y evidentes son las imágenes que produce. Cualquier imagen del recuerdo se encuentra profundamente distorsionada por los afectos, muy lejos de lo que informó la retina en algún anodino presente.

Un día, lo que era anodino, insulso y hasta confuso deja, tras una larga y pesada digestión, de flotar en el estómago de la memoria, y queda definitivamente asimilado al organismo. Las vivencias se recuperan de su desconcertante insignificancia y se entrelazan con la musculatura de los sentimientos, y lo que estaba perdido en el presente se aparece resumido en un olor singular e inimitable. Cuando algo ya se ha pasado, cuando más lejos está de mí, cobra olor, se revela por entero en la lejanía, como un inmenso valle cuando se ha tomado suficiente altura. Aquel valle, tan grande y con tantos colores, ya no es mi casa, pero a cambio lo siento por primera vez coleteando en el alma.

La fragancia del aire contiene más emociones que las vivencias mismas. Cuando llega el aire que anuncia el verano, las sensaciones son más intensas que en pleno agosto. En medio de sus calores, cuando ya han pasado muchos días de monotonía, el aire parece que no huele a nada. Pero cuando llega sutil la fragancia de algún día olvidado, las sensaciones pueden ser hasta brutales, porque penetran donde están los recuerdos. Las imágenes se producen muy adentro y salen a iluminar el mundo con su signo: el paisaje no es ya el que está ahí delante, porque la mitad en él es el reflejo del alma.

Imagen: Castelao, Milagro o Viático (período 1922-29)